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Casi en el último momento decidí ir al concierto del martes pasado en La Riviera. Cada vez con más frecuencia me cuesta ir a este tipo de eventos y sabía que, siendo entre semana, me pasaría factura después, pero iba a estar acompañado y el plan era apetecible. Media hora antes de la apertura de puertas no parecía que hubiera demasiada gente y la entrada al recinto fue bastante rápida.

Una vez dentro buscamos un sitio cómodo donde no molestásemos por la altura y nos quedamos esperando tranquilamente. Prácticamente a las ocho en punto salieron los teloneros al escenario.

De Monolord sólo había escuchado un par de temas el día anterior, uno de ellos el que puse por aquí la semana pasada, pero fueron suficientes para hacerme una idea de lo que nos esperaba.

Lo que no me esperaba era la anormalmente buena calidad de sonido que tendríamos en nuestro sitio, algo que me sorprendió para bien desde los primeros compases de «Where Death Meets The Sea». La batería tenía un volumen adecuado para acentuar el sonido de distorsión monolítica que provenía de bajo y guitarra, y la voz —filtrada con algún tipo de armonizador y/o flanger— completaba la densa mezcla del trío.

Puedo entender que la naturaleza pesada y quasi-monótona de las melodías no fueran del agrado de algunos, pero a mí me gustaron bastante como teloneros. El sueco Esben Willems estuvo muy solido a la batería, de la que no he podido determinar posteriormente el fabricante —el vídeo a cámara rápida del montaje no despeja la incógnita a mis ojos profanos— aunque sí que estaba equipada con parches Evans (una filial de D’Addario) y platillos Zildjian. El finés Mika Häkki, armado con un Gibson RD negro según la descripción esta fotografía, tenía una buena presencia y fue muy expresivo a lo largo de todo el concierto. El compatriota de Willens y guitarrista Thomas V. Jäger estaba algo más atado por su papel adicional como cantante, lo que no le privó de intentar infundir intensidad en su interpretación.

A la postre, su guitarra fue el instrumento que más me costó identificar. En el concierto lo más que pude evidenciar es que tenía forma de Flying V con el cuerpo negro, y el mismo color en el golpeador y el embellecedor del clavijero. Buscando referencias de este último detalle me topé con la Gibson Shred-V pero el resto de características no coincidían. En alguna foto observé que las decoraciones del diapasón tienen el diseño de bloque partido que se ve en la SG Supra o en el cuello de la Les Paul Supreme, como señalan en este artículo. Finalmente fue un vídeo en Facebook [01h06m06s] de hace cinco meses, en el que el propio guitarrista habla del instrumento, el que reveló que se trata de una Greco equipada con una figura LEGO de Yoda en el hueco que debería ocupar la pastilla del cuello y una Finger Burner en la posición del puente. Al final de su actuación pude ver que había otras guitarras, todas de la misma forma y al menos una de ellas con golpeador blanco, pero no vi que las usase. Quizás alguna fuese la Boult que lleva (o llevaba) su firma y ahora no localizo en su página web.

El que sí cambio de instrumento fue Häkki, quien se colgó un Epiphone Korina Explorer de los modelos que mencioné hace año y medio para tocar «Lord of Suffering». Una vez acostumbrado a la cadencia impuesta por el estilo del grupo, su concierto me pareció un buen aperitivo para lo que sería el plato fuerte de la velada. Claro que mi opinión revela un cierto sesgo a favor de los teloneros con un punto stoner, como empecé a apreciar en uno de los conciertos de Annihilator, con Svölk de teloneros y volví a reconocer en el concierto de Mastodon con Red Fang de teloneros.

También ayudó bastante que quien quiera que estuviera al mando de las luces no optara por la opción evidente de dejarlo todo en la penumbra, y aprovechara para resaltar la actuación del grupo con un programa bien ejecutado. De hecho, hablando sólo de teloneros, puede que sea el mejor concierto a nivel técnico que haya presenciado en La Riviera. Ninguna de las secciones de «Rust» se perdieron o dispararon en volumen, pasando de una introducción más bien ambiental de un minuto, sólo con un órgano —pre-grabado en el concierto— y la voz, a una melodía contundente con puentes de sólo un instrumento previos a sólos de guitarra. El hecho de que, en directo, se pudieran diferenciar los instrumentos sin diluir la distorsión densa y la áspera textura sonora buscadas por el grupo me parece muy meritorio.

Se podría decir que el concierto de los escandinavos terminó con «Empress Rising» pero, teniendo en cuenta que el tema dura más de diez minutos, realmente estaría hablando de todo el último tercio de su actuación de media hora. Sé que a más de uno se llevó una impresión como esta [00m06s] pero, como ya he dicho, a mí me gustaron como teloneros. Aunque la sala no tenía demasiada gente espero que se llevaran un recuerdo grato, además del merecido aplauso.

Así que pasadas las ocho y media de la tarde/noche empezaron a retirar el equipo del escenario, tras lo que una sábana de mayor altura que la del recinto tapó la visión de los trabajos en el escenario.

La sábana, negra y adornada con el logotipo de Black Label Society, seguía en su lugar cuando empezó a sonar esta mezcla de Zeppelin y Sabbath [03m23s] sobre las nueve y cinco. Termina el tema, cae la sábana y sobre el escenario está el grupo tocando «Genocide Junkies», iluminados por una luz roja y con unos cañones disparando humo hacia el techo. Más allá de estos artificios iniciales, la presentación fue tan espartana como la que utilizó hace dos años. Dos muros de cabinas con el logotipo de Wylde Audio, que flanqueban la plataforma sobre la que está instalada la batería, y un podio junto al micrófono central decorado con calaveras eran los únicos adornos a la vista.

Cierto es que cualquier tipo de adorno adicional hubiera sido innecesario. Se trata del espectáculo de Wylde y cía. y la atención se centra en el guitarrista y cantante ocupando la posición central, subido en el podio con una Odin BLS blanca como las que ofrecía en los paquetes VIP de la gira. Y, ya que empiezo a señalar guitarras, me fijé que Dario Lorina llevaba una Barbarian Blackout mientras que John DeServio estaba tocando con una variante de cinco cuerdas —unas GHS rojas, por lo que he podido saber— de su bajo Schecter. Para saber que la batería de Jeff Fab era una ddrum con parches Evans y plantillos Meinl he tenido que buscar nuevamente en Instagram, porque desde donde estábamos hubiera sido imposible verlo.

El concierto fue una pasarela de las guitarras de Wylde Audio que, incluso a distancia, se podían reconocer por sus formas y colores. Igualmente, la distancia no impidió apreciar la calidad del sonido, de nuevo sorprendentemente buena. Quizás le hubiera dado un poco más de volumen al bajo, aunque pudiera ser que mi oído llevara inercia de la actuación anterior y por eso echase en falta una mayor presencia del instrumento. Con todo, temas como «Funeral Bell», de versos casi monótonos con énfasis fundamental en el ritmo, resultaban contundentes sin embarrarse ni ser devorados por el sonido del bombo de la batería. Y otra vez es Wylde quien tiene el protagonismo absoluto, especialmente durante los solos. Eso no quiere decir que sus acompañantes se perdieran en las sombras. Lorina le siguió el ritmo en todo momento, lo que ya es encomiable teniendo en cuenta el nivel que mantiene el de Nueva Jersey. Y DeServio, el otro nativo del Estado Jardín, no dejó de buscar al público con sus gestos mientras interpretaba con aparente facilidad su parte.

Zakk no perdió el tiempo con peroratas entre canciones, optando por atacar un tema tras otro sin descanso. La luz roja de ambiente dio paso a la iluminación de unos focos verdes mientras un Wylde en el podio se lucía con la guitarra para abordar sin pausa otra canción de The Blessed Hellride, «Suffering Overdue». En alguna ocasión tuve que recordarme que el tío tiene ya cincuenta y un tacos, porque sobre el escenario desde luego no los aparenta. No es que se dedique a dar botes o correr de un lado para otro, aunque puede que si no tuviese que cantar además de tocar la guitarra lo hiciese, pero desde luego parece tener más energía de la que yo tendría en su lugar.

De hecho, parece que incluso ha mejorado su nivel desde que le viera hace trece años. Y, a diferencia de esa vez, en esta ocasión sí que pude ver interpretada «Bleed for me», tras un cambio de instrumentos en el que DeServio sacó su modelo de cuatro cuerdas, Lorina una Blood Eagle Mahogany Blackout y Wylde una Odin BuzzSaw pero con su tradicional esquema de colores crema y negro, como el que luce la Odin Grail Genesis Bullseye, que presentó en twitter hace un par de años. Aunque podría estar equivocado porque, a pesar que los focos iluminaban suficientemente a los músicos, la luz ambiental daba unos tonos más oscuros a todas las figuras. Fueron pocos los momentos en los que una luz no coloreada iluminase claramente a todos o alguno de los que estaban en el escenario, como al final del último tema mencionado con el foco sobre DeServio.

Entre el público los ánimos parecían buenos. No creo que se llegase al aforo pero había bastante gente, y yo diría que bastante entusiasmada. Todos los temas que habían tocado hasta ese momento tienen más de tres lustros y, por lo tanto, han tenido una mayor exposición y son más reconocibles. Canciones como «Heart of Darkness», que «sólo» tiene cuatro años, podrían no haber tenido el mismo impacto pero no aprecié una bajada en el nivel del público. Puede deberse a que hubiera bastante gente joven, para lo que suele ser la edad media de este tipo de conciertos, pero creo que se puede atribuir fundamentalmente al ritmo que impuso el grupo en todo momento.

Sí es cierto que algunos temas tuvieron un mayor acompañamiento. «Suicide Messiah» fue uno de ellos, que además contó con la colaboración de un tramoyista y/o técnico al megáfono. El último compás de la canción fue coreado por el público con un Wylde atento, que aplaudió cortesmente el esfuerzo de los asistentes antes de realizar un nuevo cambio de instrumento. Las luces se apagaron unos segundos y cuando volvieron Wylde llevaba una Barbarian Skully Reaper como la que se ve a la derecha de la foto en twitter que ponía la día siguiente. DeServio también debió cambiar de bajo porque me pareció que las cuerdas eran de otro color, un verde fosforescente, aunque era el mismo modelo de cuatro cuerdas. La que no he podido identificar es la guitarra de sacó Lorina pero diría que es la que se ve en este vídeo [00m18s] de hace unos meses.

Con esta equipación empezaron un bloque de canciones del último disco, Grimmest Hits, siendo la primera «Trampled Down Below». Quizás no sea el tema más intenso del disco pero estuvo bien en ese momento del concierto, y tuvo su gracia que antes del sólo se marcaran un momento ligeramente psicodélico, con Wylde de espaldas al público haciendo algunos ruidos ambientales con un slide y Lorina haciendo lo propio usando un arco.

El segundo guitarrista volvería a tener el foco para comenzar «All that Once Shined», uno de los temas más entretenidos del concierto. Aparte de los gestos levantando la guitarra durante el puente de la canción, para este tema Wylde tenía preparada la parada que hizo a mitad de canción para dirigir los ánimos del público con gestos a uno y otro lado de la sala. Poco a poco fue acelerando hasta que retomó la guitarra y continuó con la sección más animada del tema. Tras la vuelta a la parte de versos y coros llegaría el momento de presentar al grupo. Así que, mientras seguían tocando la melodía básica de la canción, Wylde fue presentando a sus acompañantes con pequeñas introducciones donde enumeraba sus virtudes y sus pesos en «libras de esteroide orgánico Black Label». Así presentó a John «The Godfather» DeServio, Jeff «The Fabulous Moolah» Fabb y Dario «Sin City, I’m a walking whore-house» Lorina, de quien además dijo que se encargaba de hacer la colada y preparar piccata de pollo. Finalmente saludó en nombre de la Doom Crew Inc. antes de rematar el tema.

Y para que no decayese demasiado el ritmo empalmó con «Room of Nightmares», otro tema de su último disco. Recuerdo haber visto el vídeo de la canción [03m40s] y no me gustó tanto como en el concierto. A riesgo de sonar viejuno, para mí muchas piezas musicales ganan en un contexto determinado, ya sea un álbum o un concierto. Aunque no tengo ningún problema en ir escuchando música al azar, en la mayor parte de las ocasiones cuando termina un tema empiezo a oír en mi cabeza el siguiente que espero escuchar o que me gustaría oír, antes de que empiece a sonar. Sea como sea, para mi gusto fue un acierto poner las tres últimas canciones que he mencionado juntas.

Lo que no me convenció tanto fue incluir «Bridge to Cross», una canción que, sin desagradarme, tampoco me entusiasma. Por ese interés raro que me ha dado, me llamaron más la atención los instrumentos que sacaron para la ocasión. El mayor cambio fue que habilitaron el piano que había sobre el escenario para que Lorina lo pudiera tocar. Desde donde estábamos sólo lo pude ver de perfil, y no he conseguido averiguar ni la marca ni el modelo. Lo qué sí pude ver con claridad fue la Warhammer Vertigo con Floyd Rose en crema y negro que llevaba Wylde, como la que se pudo ver durante su presentación en NAMM hace un par de años, una elección muy apropiada aunque sólo sea por el puente flotante. Aquí es donde debería pedir disculpas por un chascarrillo tan malo pero voy a continuar impenitente.

Tenía su cierta lógica que la siguiente canción fuera «In This River», en esta ocasión con Wylde al teclado. Antes de empezar se marcaron un pequeño momento instrumental entre Wylde, DeServio y Fabb, hasta que Lorina salió al escenario para ocupar la posición central con una Blood Eagle Nordic Ice. Evidentemente el foco seguía sobre Zakk, quien tenía a mano algún tipo de infusión que estuvo tomando a lo largo del concierto. Justo antes del comienzo de la canción unas lonas cubrieron los muros de cabinas con imágenes de Dimebag Darrell, en cuyo recuerdo compuso el tema. Es un detalle bonito que fue aplaudido por el público.

Tras estos dos temas más tranquilos el concierto fue recuperando la velocidad de crucero, de forma gradual, con «The Blessed Hellride». Una vez hubieron retirado el piano del escenario se pudo ver a DeServio de nuevo con un bajo de cinco cuerdas rojas, Lorina salía con una acústica de doce cuerdas y Wylde llevaba una Norse White Buzzsaw Warhammer o’ Doom, como la bautizó en twitter el verano pasado. Mientras animaba a cantar el final de la canción se la desenganchó para presentarla al público sobre su cabeza. Es de agradecer que tampoco se entretuviese demasiado en este tipo de gestos, curiosos aunque preparados de antemano, y sólo tuviese estos pequeños guiños para llamar la atención de forma puntual. La sensación era que los temas iban cayendo uno tras otro, sin tregua, y hay que apreciar el saber hacer de un profesional del espectáculo a la hora de minimizar el tiempo de espera, con pequeñas distracciones y sin abusar de la paciencia del público.

En este caso el cambio fue para tocar «A Love Unreal», la última canción del concierto sacada de Grimmest Hits, precedida por su introducción pre-grabada. El tema es de los que más me gustan del disco y en directo suena aún mejor. El cambio que meten después del solo, aunque breve, es una inyección de adrenalina. DeServio volvió a utilizar su bajo de cuatro cuerdas verdes, Wylde tenía la Barbarian Skully Reaper y Lorina una guitarra que no puede apreciar en el momento. Rebuscando un poco, probablemente se tratase de la misma que sale en la de la foto que se ve en esta entrevista. Si es el caso, probablemente fuera una Lâg S1000 pero no estoy seguro.

Hay que decir que, aunque me haya dado por anotar las guitarras que fueron usando y parezca que eso es lo más relevante, lo más espectacular fue cómo tocaron. Tuvieron la suerte de que las personas responsables del sonido hicieron uno de los mejores trabajos que recuerdo en esa sala, al menos tal y como yo lo oí con tapones y desde donde estábamos. Yo diría, como profano, que el sonido del grupo no es de los más complicados con los que trabajar. Aunque fuera el caso, no quitaría ni un ápice de mérito a quien supo aprovecharlo y hacer una mezcla que sonaba potente sin saturar y sin perder claridad. Tanto la voz como los sólos despuntaban por encima de la base sin resultar estridentes, y las melodías marcadas por bajo y guitarras se podían distinguir sobre el sonido de la batería.

Pero un buen sonido, sin dejar de ser casi un prerrequisito, no implica una buena actuación. Eso depende exclusivamente del talento de los músicos. Afortunadamente para los que estábamos allí, los cuatro sobre el escenario tienen talento por los cuatro costados, empezando por el líder del grupo. Pocos artistas son capaces de marcarse un sólo interminable mientras se dan un paseo entre el público, haciendo parada primero en la pista y después acabar tocando sobre una de las barras de bar de la sala. Eso es lo que hizo Zakk Wylde durante varios minutos en medio de «Fire it Up», llevando consigo la Barbarian Grimmest Green Psyclone —la que se veía junto a la Skully Reaper en una de las fotos en twitter seañaladas antes— que puso sobre sus hombros en más de una ocasión para seguir tocando de espaldas y también se llevo a la boca para tocar con los dientes. Sólo hubiese faltado prenderle fuego para igualar en términos de espectacularidad a la actuación de Eric Sardinas en esa misma sala hace algo más de doce años. Era curioso echar la mirada de vez en cuando al escenario para ver a DeServio y Lorina, este de nuevo con la guitarra verde que no he podido identificar, repitiendo la base de la estrofa junto a Fabb para que Wylde pudiera hacer el loco con su sólo.

Tras esta demostración de potencia enfilaron el final del concierto con «Concrete Jungle», para la que Wylde volvió con la Warhammer Norse White Buzzsaw y creo que DeServio llevaba otra vez uno de sus bajos de cinco cuerdas. Reconozco que no tengo muy claros algunos de los detalles de este último tramo, aunque estoy casi seguro que Lorina estaba usando una Lâg Arkanator como la que promocionaba en este vídeo [02m03s]. A pesar de todo el cambio de instrumento sólo hubo un pequeño fallo en el sonido, probablemente por el cable que llegaba hasta la guitarra de Wylde, pero fue puntual y totalmente anecdótico.

Puede que hubiera pasado más de hora y media desde que empezaran su actuación pero ni ellos ni el público dejaron que se notase. «Stillborn» podría haber sido el primer tema del concierto, y no el último, por el entusiasmo con el que fue recibido. El grupo se ganó a pulso el aplauso que recibió al despedirse, mientras echaban púas a las primeras filas.

No sé cuándo volver Black Label Society por aquí pero espero tener la oportunidad de volver a verlos en directo.

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Entrada para el concierto de Metallica, con Kvelertak de teloneros, en Madrid, el 3 de febrero de 2018.

La predicción del tiempo avisaba que sería una tarde fresca y probablemente lluviosa. Sabíamos que la verificación del titular de las entradas más baratas (las numeradas en las gradas altas de la segunda planta) empezaría a partir de las 17:30, pero también estaba avisado que el acceso al recinto no empezaría hasta las 18:30. Con toda esta información, y viendo que la actuación de los teloneros no estaba programada antes de las 19:50, consideramos oportuno tomárnoslo con relativa calma y no llegar con adelanto para evitar una espera pasada por agua. Finalmente no llovió y también nos libramos de tener que hacer cola para entrar.

En la pista, el lado paralelo a la calle de Jorge Juan estaba cerrado por vallas y tenía decenas de cajas de equipamiento. El escenario estaba en el centro del recinto y tenía forma de cuadrilátero, con los vértices apuntando hacia a las gradas. Tanto en los vértices como hacia la mitad de cada arista se podían ver micrófonos, pedales y monitores. El equipo de los teloneros estaba desplegado alrededor de una plataforma circular, elevada a la altura aproximada de un escalón alto, sobre la que estaba instalada una batería cubierta.

Tengo que decir que, a pesar de la distancia, probablemente haya sido de los sitios más cómodos de los conciertos de esta clase a los que he ido. La altura era considerable pero la línea de visión al escenario estaba despejada. Lo mejor de todo fue poder estar sentados tranquilamente, viendo cómo se iba llenando el recinto, mientras esperábamos que empezase la actuación de los teloneros.

No recuerdo exactamente cómo entré en contacto con la música de Kvelertak. La primera vez que les vi en concierto fue como teloneros de Anthrax y Slayer a finales del 2015, pero ya por aquel entonces llevaba una temporada siguiéndoles. Buscando por aquí se ve que estaba atento a la salida de su segundo disco, a principios de 2013.

Sea como fuere, me alegro de conocer bastante bien sus canciones porque es la única forma que pude reconocerlas. Entiendo que con tres guitarristas, además de bajista, cantante y batería, es complicado equilibrar el sonido —más aún para que se oiga bien en un recinto como el WiZink Center. Sin embargo, la mezcla que llegaba hasta donde nosotros estábamos era muy pobre. La paupérrima calidad del sonido quedó revelada desde el primer tema, «Åpenbaring», que empieza con una guitarra repitiendo una frase y va incorporando el resto de instrumentos gradualmente. Cuando le tocó el turno al cantante, todavía ataviado con su capucha de estrigiforme, yo sólo distinguía cada parte porque lo estaba «oyendo» en mi cabeza.

Y es una lástima, porque los noruegos intentaron aprovechar al máximo la que sin duda es una oportunidad de darse a conocer a un público más amplio. Aunque llevan ya más de diez años actuando, y que temas como «Bruane Brenn» y, en menor medida, «Mjød» tuvieron bastante repercusión en ciertos ámbitos, sería ingenuo considerarlos un grupo popular. Lo más probable es que ellos mismos fueran conscientes que tendrían que ganarse a una parte no desdeñable del público, y yo creo que hicieron todo lo posible para animar su actuación.

Cierto es que la batería, que estaba orientada hacia el lado de la calle de Goya, no podía moverse pero el resto de componentes aprovecharon el escenario buscar al público por todos los lados. Aunque cada guitarrista tenía su pedalera en un lugar determinado, teniendo que volver a ella para efectuar cambios, estuvieron recorriendo el escenario en cuanto tenían oportunidad. El bajista se movió menos de su sitio, a la derecha de la batería, lo que no quiere decir que permaneciese inmóvil ni que fuese menos activo.

Respecto al setlist era de suponer que no habría sorpresas. El tiempo que tenían asignado no iba comprometer la actuación de los cabezas de cartel y unos buenos teloneros intentarán sacar el máximo partido de esos minutos, presentando lo que consideren su mejor material. Con tres discos en el mercado no tardaron en presentar los dos singles de su álbum más reciente, «1985» y «Berserkr». Quizás el sonido había mejorado marginalmente a esas alturas pero me da a mí que es más la impresión con la que me quedé que un hecho objetivo contrastable.

Lo que fue inmejorable, en mi opinión, fue el ánimo de todo el grupo. El cantante, deambulando continuamente de un lado al otro del escenario durante «Evig Vandrar», no dejó de dirigirse al público para animarlo a participar del concierto. Aunque se notaba que no se había llenado el recinto, había bastante gente y creo que la reacción fue buena. También ayudó a crear un buen ambiente el programa de luces que, sin ser espectacular, al menos acompañaba bien a los temas.

No bajaron la intensidad pasado lo que sería el meridiano de su actuación. Como me ha hecho gracia la chorrada de usar significados parecidos a los títulos de las canciones, se podría decir que se les notaba muy cómodos, sin verles pasar por momentos difíciles incluso en temas tan intensos como «Ulvetid». Habían salido sedientos de sangre y abordaron tema tras tema, siguiendo con «Blodtørst», con pequeños guiños al publico entremedias. Se nota que ya llevan tiempo con la gira y están acostumbrados al tamaño del escenario. Con cinco personas móviles, buscaron ocupar todos los frentes posibles y cruzarse de vez en cuando, llegando a hacer un pequeño corro de guitarras y bajo a un lado del escenario en un momento determinado.

Por desgracia, el sonido no mejoró. En otros conciertos me he quejado del volumen de la batería pero en esta ocasión el volumen de los instrumentos no era el problema, con la salvedad del vocalista, que se oía muy bajo en general. Sí pude entender su dedicatoria en inglés al grupo cabeza de cartel que les sacaba de gira, pero me hubiera gustado oír lo que su voz aporta a los temas. También es verdad que, dado su estilo de canto y que no tengo ni idea de noruego, no me habría enterado de mucho de lo que decía en «Månelyst».

La mayor pega fue la falta de definición en el sonido. Es cierto que las grabaciones de los noruegos también tienen una mezcla bastante «espesa», especialmente en lo que se refiere al sonido de las guitarras, pero no sacrifican la melodía. Podría entender perfectamente que, en el concierto, una persona que no los conociera previamente no pudiera tararear algún fragmento de cualquiera de sus canciones.

Como dije unos párrafos antes, es una lástima, porque temas como «Kvelertak», que es rock del bueno y con el que cerraron su concierto mientras el cantante ondeaba una bandera enorme, hubieran tenido un impacto mucho mayor de no haber sido estrangulados en la mezcla. Me hubiera gustado poder disfrutar más su música así que espero volver a verles en otra ocasión, especialmente si es en un sitio tan relativamente cómodo como el que ocupamos.

El tener un asiento en la grada nos permitió sentarnos tranquilamente mientras veíamos cómo iban despejando el escenario y escuchábamos el hilo musical. Hubo que esperar un poco más de la cuenta, aunque no se oyeron protestas durante la espera. Si acaso, la gente estuvo especialmente entretenida cantando cuando sonó «It’s a Long Way to the Top (If You Wanna Rock ‘n’ Roll)».

A Metallica los había visto por última vez en el mismo recinto, por aquel entonces todavía llamado Palacio de los Deportes, en julio de 2009. Al igual que en esa ocasión, hubo que esperar unos minutos más de lo programado.

Pasando de las 21:15 y con las luces apagadas empezó a sonar «The Ecstasy of Gold». Por encima del escenario, trazando el contorno del mismo y colgando a distintas alturas del techo sobre la pista, una serie de cubos mostraban imágenes de «El bueno, el feo y el malo». La gente de las gradas se puso en pié, al menos por delante de donde nosotros estábamos, y así permanecieron todo el espectáculo.

En la relativa oscuridad, la subida al escenario de los de L.A./San Francisco fue acompañada de vítores. Los cuatro músicos ocuparon sus puestos iniciales mientras sonaba en el hilo musical la introducción al primer tema de la noche, «Hardwired». En cuanto sonaron los instrumentos se encendieron los focos y empezó el concierto propiamente dicho.

Me sorprendió un poco el sonido. Ajustes iniciales aparte, tuve la sensación que faltaba volumen pero no sabría decir exactamente a qué. El nivel de los distintos componentes de la batería Ulrich (una Tama Lars Ulrich Worldwired Kit) estaba equilibrado y, en conjunto, tenían un volumen adecuado para no comerse a los otros instrumentos. Al bajo de Trujillo (lo que parecía un Warwick Robert Trujillo Signature #16-3335) le faltaba algo de presencia, aunque en parte me lo esperaba y quizás por eso no me molestó tanto como en el Electric Weekend de 2008. La guitarra de Hammett (una ESP KH-2 decorada con el diseño de «The Mummy») sonaba con bastante claridad y complementaba bien a la de Hetfield (una ESP Vulture), a quien se le podía oír cantar con una voz en buena forma.

Me imagino el trabajo del técnico de sonido, teniendo que conmutar el volumen de los micrófonos, ya que tanto Hammett como Trujillo usaban los que no estuviese usando Hetfield para acompañar donde fuera pertinente. Hablando de acompañar, el público coreó con bastantes ganas los temas del último trabajo de estudio, como «Atlas, Rise!». Aunque técnicamente es la gira promocional de «Hardwired… to Self-Destruct» y el LP tiene más de un año, me sorprendió positivamente el reconocimiento y entusiasmo de los asistentes por el abundante material del álbum durante el concierto.

Evidentemente, en algún momento tendrían que empezar el repaso a su catálogo, como dio a entender Hetfield antes de comenzar a tocar «Seek & Destroy» armado con una ESP Snakebyte blanca y que ahora se puede ver en un vídeo oficial en YouTube [07m43s]. En estos casos también hay que apreciar el ánimo del grupo. Trujillo, que realizó su conocido torbellino con el Warwick #16-3332 que estaba tocando, «sólo» está en el grupo desde hace quince años pero al menos dos de sus compañeros llevan más de treinta y cinco años tocando alguno de estos temas. Y Hammett, que se había cambiado a una KH-602 Purple Sparkle, lleva casi lo mismo. Teniendo en cuenta esto, entraría dentro de lo razonable asumir que quizás estén algo aburridos pero, si es el caso, no lo demostraron de ninguna manera. Más bien al contrario, lo que es una muestra de unos envidiables ánimo y/o profesionalidad.

La presentación también fue impecable. El escenario tenía un aspecto minimalista, ocultando lo que sin duda debió ser un montaje bastante complejo. Sobre las tablas, la carencia de decoraciones daba una visión clara de toda la acción y permitía a los responsables de la iluminación seguir con los focos a los músicos, además de usar distintas luces de ambiente según el momento. Por encima, los cubos se colocaban en distintas alturas, dibujando diversos patrones, y pasaron de mostrar fotos del grupo en sus inicios durante el tema anterior a iluminarse con unos patrones abstractos verdes y azules para «Leper Messiah». Sin ser de mis favoritas del álbum de 1986, me gustó bastante en directo.

La que sí está entre mis preferidas de ese disco, y que tocaron tras una brevísima pausa, es «Welcome Home (Sanitarium)». Con el escenario a oscuras Hetfield comienza a tocar en su Gibson Explorer diseñada por Ken Lawrence, mientras unos focos van revelando al resto del grupo y cuatro pantallas bajan en cada lado, mostrando imágenes de contornos de gente contra unos tejidos estirados. Curiosamente Hammet también llevaba una Gibson, que podría ser la Les Paul que perteneció a Peter Green y Gary Moore y muestran en este vídeo sobre la equipación de James y Kirk [19m08s]. Si no me equivoco, el bajo que usó Trujillo fue un Warwick #17-3440. No recuerdo haber visto este tema tocado en directo y me alegró que lo incluyesen en esta ocasión con una interpretación a la altura.

Tras volver a cambiar de instrumentos —Hetfield a una ESP Truckster similar a la que presentaron en el NAMM de 2005 pero negra, Hammett a una ESP White Zombie— cuatro cubos emergieron del suelo del escenario hasta una altura aproximada de una mesa de comedor, cada uno a mitad de camino entre la plataforma central y un vértice. Entretanto, Hetfield habló un poco sobre los años que hacían que no pasaban por España, antes de retomar el show con «Now That We’re Dead». Lo que no sabía es que a mitad de la canción iban a montarse entre ellos una especie de partida multi-jugador de 太鼓の達人: fueron repartiéndose por los cubos, primero Hetfield y Hammet en una diagonal, después Trujillo y por último Ulrich en la otra, para ponerse a hacer ritmos con unas baquetas sobre los parches instalados en la cara superior. Los laterales de estos tambores cúbicos mostraban mientras imágenes de composiciones fotográficas similares a las de la portada del disco, como las que habían estado puestas en los cubos colgantes durante la primera parte de la canción.

Está bien ese toque de espectáculo en las canciones más recientes. Siendo menos familiares que otras en el repertorio, el grupo consigue llamar la atención y hacerlas un poco más memorables. También sirvió para meter un cambio de tercio inesperado en un tema de siete minutos, animando y variando la actuación. Estuvo curioso ver a Hetfield utilizar una de las baquetas para dar unos toques en su guitarra.

Teniendo en cuenta que el siguiente tema fue «Confusion» creo que ese cambio de paso fue muy acertado. Para mi gusto, la mayoría de las canciones del último álbum se alargan un poco más de lo debido. En algunos momentos me quedo con la misma impresión que expresó Dani Filth hace un mes, en particular con las canciones del segundo disco. Eso no quiere decir que en directo resulten aburridas, para nada, pero creo que en el grupo son conscientes que en la variedad está el gusto y procuran realizar una mezcla equilibrada. Además, siempre se puede entretener uno intentando identificar y recordar los instrumentos. Para este tema Hetfiled usó una ESP Iron Cross, Hammett llevaba nuevamente la Purple Sparkle y Trujillo tenía un Warwick #15-2785, el decorado con los diseños de su mujer, que pude reconocer a pesar de la distancia por llevar una pegatina de The Helmets, el grupo de su hijo, como en este vídeo de su sólo de bajo en el Festival Lollapalooza de Chile 2017 [04m25s].

Evidentemente, en la mayor parte de los casos me he quedado con algún detalle distintivo para después poder buscar la referencia exacta. No estoy tan familiarizado con el equipo de los grupos como para saber, sin buscar en la web del fabricante, que el primer bajo de cuatro cuerdas que veríamos era un Warwick #14-2549 negro, que lleva una única perilla. Hetfiled presentó a Trujillo como el «chico nuevo» y este «novato» pidió la colaboración del público para acompañarle mientras él hacía una variante de su caminar a lo cangrejo, en lo que sería el principio de «For Whom the Bell Tolls». Al comenzar propiamente la canción Hammett tenía la guitarra de «The Mummy» mientras que el cantante llevaba lo que parecía una Gibson Explorer clásica con golpeador blanco. Los cubos sobre el escenario subían y bajaban, mostrando dibujos enrojecidos de calaveras.

Procuro no perderme el concierto por centrarme en determinados detalles pero las guitarras suelen llamarme la atención. Quizás otras personas se fijaran en la ropa que llevaban pero si tuviera que comentar sobre eso creo que sólo podría señalar los pantalones con franjas rojas de Hammett. Del resto recuerdo mejor sus instrumentos que su vestimenta. Por eso no pude evitar fijarme en la Snakebyte blanca que llevaba Hetfield cuando apareció iluminado en el escenario y comenzó a tocar los primeros compases de «Halo on Fire». De nuevo me sorprende el entusiasmo con las nuevas canciones: aunque Trujillo hace los coros mientras toca el bajo de la pegatina —y Hammett vuelve a usar la Les Paul— es el acompañamiento del público lo que más recuerdo de ese tema. Bueno, eso y que después de la canción Hetfield presentó a Trujillo (con su Warwick #14-2549) y a Hammett (con su ESP «The Mummy»), antes de abandonar el escenario como había hecho Ulrich, para que nuevamente el voluntarioso bajista se dirigiese al público en español —más o menos— y pidiese ser acompañados en una versión de «Vamos muy bien» de Obús [03m16s]. En el centro, unos tramoyistas cambiaban en la penumbra la orientación de la batería.

Como detalle estuvo gracioso, aunque me resultó mucho más interesante que tocase «(Anesthesia) Pulling Teeth» antes de que volviesen a salir sus compañeros para una versión que saben tocar mejor, «Die, Die My Darling», con Hetfield otra vez cantando y con una ESP Iron Cross. Me pareció un tributo a Cliff Burton, un gran fan de los Misfits, quien salió retratado en en alguna de las caricaturas, ilustraciones y dibujos de seguidores que el grupo había solicitado a finales de septiembre del año pasado y se estaban proyectando en los cubos colgantes.

Tengo que destacar lo que debió ser un trabajo importante de producción. El escenario aparentemente despejado ocultaba más de una sorpresa, como las seis lenguas de fuego que salieron en llamaradas acentuando distintos momentos de «Fuel», el único tema que tocaron de su etapa Load/Reload. Siempre da una cierta perspectiva recordar que lo que para algunos no es «auténtico» Metallica tiene ya al menos veinte años —es el caso de Reload— y, para otros, son clásicos. En mi caso, aunque aprecio diferencias entre temas de distintas épocas eso no me impide disfrutarlos.

Por eso, a pesar de mi favoritismo por los temas pre-álbum negro y que en ocasiones anteriores hubiera preferido menos canciones nuevas, me lo pasé bastante bien viendo la interpretación de «Moth Into Flame», especialmente cuando unos drones empezaron a salir del suelo y a volar sobre el escenario a modo de luciérnagas robóticas. Por lo que cuentan en una serie de entrevistas para So What! sobre la producción del espectáculo [37m40s], el germen de la idea fue de Hetfield y aplaudo a los que la realizaron porque resultó muy efectiva. De hecho, apenas me di cuenta que los cubos estaban recreando cartelería de neón y creo que no me hubiese fijado en las guitarras como en temas anteriores, de no ser porque antes de la canción Hetfield estuvo haciendo algo de tiempo y me di cuenta que cambiaba su guitarra por la Lawrence Explorer, mientras a Hammett le daban la ESP White Zombie y Trujillo volvía al Warwick #17-3440.

Mientras volvían a tapar las aperturas por las que habían entrado y salido los drones Hetfield volvió a dirigirse al público, pidiendo que levantasen la mano primero los que les veían por primera vez en directo y después los que ya habíamos estado en otros conciertos. Fue en ese momento cuando se fijó en un crío al que preguntó su edad y al que, tras revelar por señas que tenía siete años, invitó a subir al escenario. El chaval se colocó junto al cantante, con los otros tres integrantes del grupo de pie cerca de él, y se presentó como Atila, declarando Hetfield que ahí estaba la nueva generación de seguidores del heavy metal. Tras despedir al crío del escenario tocaron «Sad but True»: Trujillo con lo que yo pensaba que era un #13-2332 pero, buscando un poco, debió ser uno como el que se ve en esta foto del concierto en Varsovia en julio de 2014, Hammett con su Jackson Rhoads y Hetfield con una ESP Snakebyte con el cuerpo pintado con un patrón de camuflaje/piel de serpiente que maltrató al final de la canción, primero apoyándola sobre el clavijero mientras trasteaba de rodillas con las cuerdas y después echándola al suelo.

Con el escenario totalmente a oscuras, los cubos, que habían estado mostrando unas imágenes animadas en el tema anterior, cambiaron su contenido por extractos de Johnny cogió su fusil entre fogonazos de blanco. Los primeros acordes de «One» sonaron al tiempo que un foco iluminaba a Hetfield con su Lawrence Explorer. Igual pasó cuando Hammett comenzó su parte con la Purple Sparkle. Unos focos en el escenario iluminaron a Ulrich cuando le tocó entrar y, por último, se hizo la luz sobre Trujillo y su Warwick #17-3439 (el segundo cuatro-cuerdas de la noche). El tema rompió algunas expectativas que yo tenía: no incluyó efectos pirotécnicos y Ulrich estuvo bastante sólido, a mi parecer, a pesar del ritmo irregular en algunas partes. Igual que le he criticado en ocasiones anteriores no tengo ningún problema en reconocer el mérito de seguirle el ritmo a sus compañeros tras más de hora y media de concierto.

Lo que no dejará de asombrarme es que fueran capaces, a esas alturas, de no parar antes de atacar «Master of Puppets». Es cierto que es un tema que requiere un poco de calentamiento, al menos a mi parecer, especialmente de mano y brazo derechos de los guitarristas, aunque yo diría que tocar más de una docena de canciones previamente es pasarse de preparación. Me consta que están en otro nivel y se/les cuidan mejor que a la enorme mayoría, pero no dejan de ser personas que dejaron los cincuenta atrás hace ya unos años. Ya que estoy cantando alabanzas del grupo, menudo peazo de canción crearon hace más de tres décadas. Según la página web oficial la han interpretado en vivo 1563 veces, contando la de este sábado pasado. A ver si tengo oportunidad de volver a escucharla en directo en otra ocasión.

Después de esta ración de clásicos los cuatro se retiraron del escenario, que se quedó a oscuras. Tras unos instantes empezó a sonar por el hilo musical el comienzo de «Spit Out the Bone», la séptima y última canción que tocaron de las pertenecientes a su álbum más reciente. El tema empezó propiamente con unas llamaradas que se dispararon al tiempo que se encendieron los focos y se iluminaron los cubos colgantes, unos con dibujos y otros con la bandera de España y el logotipo de Metallica superpuesto. En temas como este, que tienen pequeñas frases destacadas de bajo, es donde mejor se pudo oír el Warwick #16-3332 de Trujillo, aunque seguía habiendo algo en el volumen general que no me encajaba. Tampoco es que fuera un mal sonido general, la Electra Flying V que llevaba Hetfield se distinguía bastante bien de la ESP «The Mummy» de Hammett, y no quiero ni imaginar lo que tuvieron que trabajar los técnicos de sonido para conseguir que cada parte sonase adecuadamente.

El tema terminó con una nueva deflagración alrededor de la batería tras la que los focos se apagaron, quedando únicamente Hammett iluminado y llevando de nuevo la Les Paul colgada. Tras unos acordes sencillos y mientras todavía camina por el escenario, empieza a tocar «Nothing Else Matters». El público aplaude pero lo hace aún más cuando el guitarrista para de tocar y dice, sonriendo, que lo va a volver a intentar. Durante este falso arranque Trujillo había vuelto a su #16-3335 y Hetfield llevaba la Lawrence Explorer. La canción fue acompañada de principio a fin por el público, que sabía que el concierto estaba próximo a acabar. Como detalle, mientras sonaban los últimos compases tocados por Hammett a la guitarra, Hetfield mostraba a una cámara una púa de las que estaba usando esa noche, para que se viese la serigrafía de la bandera con la palabra «Madrid».

La última canción de la noche fue «Enter Sandman», coreada como si hubiera sido la primera y no fueran las 23:30 de la noche. Si es cierto que los músicos se nutren de la reacción del público, Metallica debió terminar con un buen subidón. Sea o no el caso, el grupo procuró cerrar el concierto con broche de oro, no dejando que bajase el nivel que habían mostrado a lo largo de más de dos horas. Tras un pequeño injerto de «The Frayed Ends of Sanity» y un petardazo que levantó una columna de humo alrededor de la batería, los músicos remataron el tema y se despidieron del público, echando baquetas y puñados de púas durante varios minutos a la gente que estaba en la pista.

A estas alturas de su historia, Metallica tiene muy controlado lo que quieren ofrecer en sus conciertos y cómo los quieren presentar. Si tengo la oportunidad, probablemente repetiré.

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No creo que exista el «privilegio femenino» en el mundo de la música. Seguramente sea lo único que tenga que decir al respecto, más allá de señalar a qué se debe que este apunte.

La razón es este soliloquio de Glenn Fricker [10m05s] en el que, para argumentar que la imagen vende, compara el número de visitas de este vídeo del 2006 de Hiroaki Tagawa [05m04s] y cualquiera de los de Jess Greenberg. Destaca los talentos de la señorita Greenberg de forma similar a lo que yo decía hace más de tres años y coincido con su argumento que cierto tipo de imagen vende, como también he comentado anteriormente, pero lo señala como un claro ejemplo de privilegio femenino, cosa con la que no estoy de acuerdo. Lo curioso es que en el mismo vídeo el propio Fricker contradice hasta cierto punto dicha aseveración, señalando que se trata más bien una cuestión de atractivo y observándolo en el caso de un niño, Justin Bieber.

Mi pega con ese punto concreto quizás sea una cuestión de terminología. A la hora de llamar la atención, Jess Greenberg tiene una ventaja porque es una persona llamativa, aunque no puedo verlo como un privilegio y menos asociarlo exclusivamente a que sea mujer. Intentando entender ese punto de vista y rizando mucho el rizo, podría ver una ventaja estadística si suponemos que hay un menor número de mujeres guitarristas prominentes. Eso convierte el hecho de que sea mujer en una característica diferenciadora respecto a la (supuesta) mayoría de guitarristas.

Sin embargo, eso refleja más una desigualdad histórica que un privilegio. De hecho, me gustaría saber si algún hombre quisiera estar en el lugar de una mujer para tener ese «privilegio». Tampoco creo que por ofrecer una cierta imagen sea una víctima de los estereotipos impuestos por el «cisheteropatriarcado», o cualquier otro término que se quiera utilizar para denominar el statu quo, igual que Hiroaki Tagawa no es una víctima del sistema por no poder ofrecer dicha imagen.

Jess Greenberg, tocando una canción que ahora no recuerdo.

Sigo manteniendo que, en mi caso concreto, ciertos recursos facilones le restan atractivo a casi cualquier propuesta. Están bien para llamar la atención de forma puntual pero no consiguen mantenerla. El señor Fricker pone a los vídeos de Rob Scallon como ejemplo de contenidos interesantes y aquí debo volver a coincidir con él: he mencionado a Rob Scallon en múltiples ocasiones (mientras que esta es la segunda vez que menciono a Jess Greenberg y esta vez ni siquiera de forma tangencial por su música).

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Se me ha metido en la cabeza la posibilidad de adquirir una batería electrónica que, igual que el resto de instrumentos que tengo, sólo sería para uso doméstico y tocar en ratos libres. Habiendo tocado alguna que otra batería tengo ciertas preferencias, sin un orden de relevancia particular:

  • Platos ahogables.
  • Parches de membrana.
  • Segundo crash (u opción de tenerlo en un futuro).
  • Pedal de bombo “de verdad”.
  • Posibilidad de doble pedal de bombo.
  • Múltiples zonas en el parche de caja.
  • Parches/set programable.
  • Apta para aficionados de hasta 2 metros.

Si esto fueran requisitos, debería buscar algo parecido a la Roland TD11-KV pero su precio actual supera por mucho los 700€, que sería un presupuesto razonable en mi caso.

Hasta la fecha, mis candidatas por presupuesto y características son (de nuevo, sin un orden concreto): Roland TD-1KV, Roland TD-4KP y Yamaha DTX450K. ACTUALIZACIÓN (22/sep/2017): También he considerado la (más cara) TD-1KPX2.

Aparte de las diferencias entre fabricantes y módulos, he intentado ver los distintos componentes de cada equipo, desglosándolo así:

TD-1KV TD-4KP DTX450K
Caja PDX-8 Serie PDX TP70S
Tom (×3) Serie PDX Serie PDX TP70
Plato (×2) OP-TD1C +1 CY-5 PY90AT +1
Charles ? FD-8 HH65
Bombo + pedal ? ? + ✗ KP65 + FP6110A

Ya que en todos los casos son más los puntos a favor que en contra, por brevedad señalaré sólo estos últimos:

  • TD-1KV
    • El parche de la caja tiene dos zonas (frente a tres de la Yamaha).
    • No se puede asignar individualmente el sonido de cada parche.
    • Para usar un pedal de verdad haría falta comprar también un parche KD-9.
  • TD-4KP
    • El parche de la caja es el más sencillo de las tres opciones.
    • El pedal de bombo no viene con el set.
    • No tiene modo de doble bombo. Se puede emular con algún truco.
    • Para usar un pedal doble de verdad haría falta comprar el parche KD-9.
    • No parece tener opción de añadir un plato más.
  • DTX450
    • Platos no ahogables.
    • No parece tener opción de doble bombo, aunque quizás se pude conseguir asignando el sonido adecuado al pedal del charles.

Sólo por esta comparativa parece que descartaría la TD-4KP, aunque de momento es la única de las tres que es plegable y que he podido probar para ver que se ajusta a mi estatura. Intentaré probar alguna más, si tengo la oportunidad, y se agradecerán sugerencias.

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Pues esto no me lo esperaba.

Veía la semana pasada la reseña en Hacker News que apuntaba al artículo del L.A. Times que se hacía eco de la noticia:

[…] un jurado de Los Ángeles otorgó el martes casi $7,4 millones a los herederos de Marvin Gaye, tras un juicio de dos semanas sobre si el éxito de 2013 de [Robin] Thicke “Blurred Lines” era un homenaje o constituía una infracción de los derechos de autor de la canción de 1977 de [Marvin] Gaye “Got to Give It Up.”

Como señalan en hypebot este proceso ha servido para conocer el beneficio que puede generar hoy en día uno de estos éxitos musicales. Aparte de eso, ya dije en su momento lo que opinaba de este asunto así que no me voy a repetir. Lo que sí haré será poner la otra captura del vídeo del tema de marras que no usé en su momento: