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Casi en el último momento decidí ir al concierto del martes pasado en La Riviera. Cada vez con más frecuencia me cuesta ir a este tipo de eventos y sabía que, siendo entre semana, me pasaría factura después, pero iba a estar acompañado y el plan era apetecible. Media hora antes de la apertura de puertas no parecía que hubiera demasiada gente y la entrada al recinto fue bastante rápida.

Una vez dentro buscamos un sitio cómodo donde no molestásemos por la altura y nos quedamos esperando tranquilamente. Prácticamente a las ocho en punto salieron los teloneros al escenario.

De Monolord sólo había escuchado un par de temas el día anterior, uno de ellos el que puse por aquí la semana pasada, pero fueron suficientes para hacerme una idea de lo que nos esperaba.

Lo que no me esperaba era la anormalmente buena calidad de sonido que tendríamos en nuestro sitio, algo que me sorprendió para bien desde los primeros compases de «Where Death Meets The Sea». La batería tenía un volumen adecuado para acentuar el sonido de distorsión monolítica que provenía de bajo y guitarra, y la voz —filtrada con algún tipo de armonizador y/o flanger— completaba la densa mezcla del trío.

Puedo entender que la naturaleza pesada y quasi-monótona de las melodías no fueran del agrado de algunos, pero a mí me gustaron bastante como teloneros. El sueco Esben Willems estuvo muy solido a la batería, de la que no he podido determinar posteriormente el fabricante —el vídeo a cámara rápida del montaje no despeja la incógnita a mis ojos profanos— aunque sí que estaba equipada con parches Evans (una filial de D’Addario) y platillos Zildjian. El finés Mika Häkki, armado con un Gibson RD negro según la descripción esta fotografía, tenía una buena presencia y fue muy expresivo a lo largo de todo el concierto. El compatriota de Willens y guitarrista Thomas V. Jäger estaba algo más atado por su papel adicional como cantante, lo que no le privó de intentar infundir intensidad en su interpretación.

A la postre, su guitarra fue el instrumento que más me costó identificar. En el concierto lo más que pude evidenciar es que tenía forma de Flying V con el cuerpo negro, y el mismo color en el golpeador y el embellecedor del clavijero. Buscando referencias de este último detalle me topé con la Gibson Shred-V pero el resto de características no coincidían. En alguna foto observé que las decoraciones del diapasón tienen el diseño de bloque partido que se ve en la SG Supra o en el cuello de la Les Paul Supreme, como señalan en este artículo. Finalmente fue un vídeo en Facebook [01h06m06s] de hace cinco meses, en el que el propio guitarrista habla del instrumento, el que reveló que se trata de una Greco equipada con una figura LEGO de Yoda en el hueco que debería ocupar la pastilla del cuello y una Finger Burner en la posición del puente. Al final de su actuación pude ver que había otras guitarras, todas de la misma forma y al menos una de ellas con golpeador blanco, pero no vi que las usase. Quizás alguna fuese la Boult que lleva (o llevaba) su firma y ahora no localizo en su página web.

El que sí cambio de instrumento fue Häkki, quien se colgó un Epiphone Korina Explorer de los modelos que mencioné hace año y medio para tocar «Lord of Suffering». Una vez acostumbrado a la cadencia impuesta por el estilo del grupo, su concierto me pareció un buen aperitivo para lo que sería el plato fuerte de la velada. Claro que mi opinión revela un cierto sesgo a favor de los teloneros con un punto stoner, como empecé a apreciar en uno de los conciertos de Annihilator, con Svölk de teloneros y volví a reconocer en el concierto de Mastodon con Red Fang de teloneros.

También ayudó bastante que quien quiera que estuviera al mando de las luces no optara por la opción evidente de dejarlo todo en la penumbra, y aprovechara para resaltar la actuación del grupo con un programa bien ejecutado. De hecho, hablando sólo de teloneros, puede que sea el mejor concierto a nivel técnico que haya presenciado en La Riviera. Ninguna de las secciones de «Rust» se perdieron o dispararon en volumen, pasando de una introducción más bien ambiental de un minuto, sólo con un órgano —pre-grabado en el concierto— y la voz, a una melodía contundente con puentes de sólo un instrumento previos a sólos de guitarra. El hecho de que, en directo, se pudieran diferenciar los instrumentos sin diluir la distorsión densa y la áspera textura sonora buscadas por el grupo me parece muy meritorio.

Se podría decir que el concierto de los escandinavos terminó con «Empress Rising» pero, teniendo en cuenta que el tema dura más de diez minutos, realmente estaría hablando de todo el último tercio de su actuación de media hora. Sé que a más de uno se llevó una impresión como esta [00m06s] pero, como ya he dicho, a mí me gustaron como teloneros. Aunque la sala no tenía demasiada gente espero que se llevaran un recuerdo grato, además del merecido aplauso.

Así que pasadas las ocho y media de la tarde/noche empezaron a retirar el equipo del escenario, tras lo que una sábana de mayor altura que la del recinto tapó la visión de los trabajos en el escenario.

La sábana, negra y adornada con el logotipo de Black Label Society, seguía en su lugar cuando empezó a sonar esta mezcla de Zeppelin y Sabbath [03m23s] sobre las nueve y cinco. Termina el tema, cae la sábana y sobre el escenario está el grupo tocando «Genocide Junkies», iluminados por una luz roja y con unos cañones disparando humo hacia el techo. Más allá de estos artificios iniciales, la presentación fue tan espartana como la que utilizó hace dos años. Dos muros de cabinas con el logotipo de Wylde Audio, que flanqueban la plataforma sobre la que está instalada la batería, y un podio junto al micrófono central decorado con calaveras eran los únicos adornos a la vista.

Cierto es que cualquier tipo de adorno adicional hubiera sido innecesario. Se trata del espectáculo de Wylde y cía. y la atención se centra en el guitarrista y cantante ocupando la posición central, subido en el podio con una Odin BLS blanca como las que ofrecía en los paquetes VIP de la gira. Y, ya que empiezo a señalar guitarras, me fijé que Dario Lorina llevaba una Barbarian Blackout mientras que John DeServio estaba tocando con una variante de cinco cuerdas —unas GHS rojas, por lo que he podido saber— de su bajo Schecter. Para saber que la batería de Jeff Fab era una ddrum con parches Evans y plantillos Meinl he tenido que buscar nuevamente en Instagram, porque desde donde estábamos hubiera sido imposible verlo.

El concierto fue una pasarela de las guitarras de Wylde Audio que, incluso a distancia, se podían reconocer por sus formas y colores. Igualmente, la distancia no impidió apreciar la calidad del sonido, de nuevo sorprendentemente buena. Quizás le hubiera dado un poco más de volumen al bajo, aunque pudiera ser que mi oído llevara inercia de la actuación anterior y por eso echase en falta una mayor presencia del instrumento. Con todo, temas como «Funeral Bell», de versos casi monótonos con énfasis fundamental en el ritmo, resultaban contundentes sin embarrarse ni ser devorados por el sonido del bombo de la batería. Y otra vez es Wylde quien tiene el protagonismo absoluto, especialmente durante los solos. Eso no quiere decir que sus acompañantes se perdieran en las sombras. Lorina le siguió el ritmo en todo momento, lo que ya es encomiable teniendo en cuenta el nivel que mantiene el de Nueva Jersey. Y DeServio, el otro nativo del Estado Jardín, no dejó de buscar al público con sus gestos mientras interpretaba con aparente facilidad su parte.

Zakk no perdió el tiempo con peroratas entre canciones, optando por atacar un tema tras otro sin descanso. La luz roja de ambiente dio paso a la iluminación de unos focos verdes mientras un Wylde en el podio se lucía con la guitarra para abordar sin pausa otra canción de The Blessed Hellride, «Suffering Overdue». En alguna ocasión tuve que recordarme que el tío tiene ya cincuenta y un tacos, porque sobre el escenario desde luego no los aparenta. No es que se dedique a dar botes o correr de un lado para otro, aunque puede que si no tuviese que cantar además de tocar la guitarra lo hiciese, pero desde luego parece tener más energía de la que yo tendría en su lugar.

De hecho, parece que incluso ha mejorado su nivel desde que le viera hace trece años. Y, a diferencia de esa vez, en esta ocasión sí que pude ver interpretada «Bleed for me», tras un cambio de instrumentos en el que DeServio sacó su modelo de cuatro cuerdas, Lorina una Blood Eagle Mahogany Blackout y Wylde una Odin BuzzSaw pero con su tradicional esquema de colores crema y negro, como el que luce la Odin Grail Genesis Bullseye, que presentó en twitter hace un par de años. Aunque podría estar equivocado porque, a pesar que los focos iluminaban suficientemente a los músicos, la luz ambiental daba unos tonos más oscuros a todas las figuras. Fueron pocos los momentos en los que una luz no coloreada iluminase claramente a todos o alguno de los que estaban en el escenario, como al final del último tema mencionado con el foco sobre DeServio.

Entre el público los ánimos parecían buenos. No creo que se llegase al aforo pero había bastante gente, y yo diría que bastante entusiasmada. Todos los temas que habían tocado hasta ese momento tienen más de tres lustros y, por lo tanto, han tenido una mayor exposición y son más reconocibles. Canciones como «Heart of Darkness», que «sólo» tiene cuatro años, podrían no haber tenido el mismo impacto pero no aprecié una bajada en el nivel del público. Puede deberse a que hubiera bastante gente joven, para lo que suele ser la edad media de este tipo de conciertos, pero creo que se puede atribuir fundamentalmente al ritmo que impuso el grupo en todo momento.

Sí es cierto que algunos temas tuvieron un mayor acompañamiento. «Suicide Messiah» fue uno de ellos, que además contó con la colaboración de un tramoyista y/o técnico al megáfono. El último compás de la canción fue coreado por el público con un Wylde atento, que aplaudió cortesmente el esfuerzo de los asistentes antes de realizar un nuevo cambio de instrumento. Las luces se apagaron unos segundos y cuando volvieron Wylde llevaba una Barbarian Skully Reaper como la que se ve a la derecha de la foto en twitter que ponía la día siguiente. DeServio también debió cambiar de bajo porque me pareció que las cuerdas eran de otro color, un verde fosforescente, aunque era el mismo modelo de cuatro cuerdas. La que no he podido identificar es la guitarra de sacó Lorina pero diría que es la que se ve en este vídeo [00m18s] de hace unos meses.

Con esta equipación empezaron un bloque de canciones del último disco, Grimmest Hits, siendo la primera «Trampled Down Below». Quizás no sea el tema más intenso del disco pero estuvo bien en ese momento del concierto, y tuvo su gracia que antes del sólo se marcaran un momento ligeramente psicodélico, con Wylde de espaldas al público haciendo algunos ruidos ambientales con un slide y Lorina haciendo lo propio usando un arco.

El segundo guitarrista volvería a tener el foco para comenzar «All that Once Shined», uno de los temas más entretenidos del concierto. Aparte de los gestos levantando la guitarra durante el puente de la canción, para este tema Wylde tenía preparada la parada que hizo a mitad de canción para dirigir los ánimos del público con gestos a uno y otro lado de la sala. Poco a poco fue acelerando hasta que retomó la guitarra y continuó con la sección más animada del tema. Tras la vuelta a la parte de versos y coros llegaría el momento de presentar al grupo. Así que, mientras seguían tocando la melodía básica de la canción, Wylde fue presentando a sus acompañantes con pequeñas introducciones donde enumeraba sus virtudes y sus pesos en «libras de esteroide orgánico Black Label». Así presentó a John «The Godfather» DeServio, Jeff «The Fabulous Moolah» Fabb y Dario «Sin City, I’m a walking whore-house» Lorina, de quien además dijo que se encargaba de hacer la colada y preparar piccata de pollo. Finalmente saludó en nombre de la Doom Crew Inc. antes de rematar el tema.

Y para que no decayese demasiado el ritmo empalmó con «Room of Nightmares», otro tema de su último disco. Recuerdo haber visto el vídeo de la canción [03m40s] y no me gustó tanto como en el concierto. A riesgo de sonar viejuno, para mí muchas piezas musicales ganan en un contexto determinado, ya sea un álbum o un concierto. Aunque no tengo ningún problema en ir escuchando música al azar, en la mayor parte de las ocasiones cuando termina un tema empiezo a oír en mi cabeza el siguiente que espero escuchar o que me gustaría oír, antes de que empiece a sonar. Sea como sea, para mi gusto fue un acierto poner las tres últimas canciones que he mencionado juntas.

Lo que no me convenció tanto fue incluir «Bridge to Cross», una canción que, sin desagradarme, tampoco me entusiasma. Por ese interés raro que me ha dado, me llamaron más la atención los instrumentos que sacaron para la ocasión. El mayor cambio fue que habilitaron el piano que había sobre el escenario para que Lorina lo pudiera tocar. Desde donde estábamos sólo lo pude ver de perfil, y no he conseguido averiguar ni la marca ni el modelo. Lo qué sí pude ver con claridad fue la Warhammer Vertigo con Floyd Rose en crema y negro que llevaba Wylde, como la que se pudo ver durante su presentación en NAMM hace un par de años, una elección muy apropiada aunque sólo sea por el puente flotante. Aquí es donde debería pedir disculpas por un chascarrillo tan malo pero voy a continuar impenitente.

Tenía su cierta lógica que la siguiente canción fuera «In This River», en esta ocasión con Wylde al teclado. Antes de empezar se marcaron un pequeño momento instrumental entre Wylde, DeServio y Fabb, hasta que Lorina salió al escenario para ocupar la posición central con una Blood Eagle Nordic Ice. Evidentemente el foco seguía sobre Zakk, quien tenía a mano algún tipo de infusión que estuvo tomando a lo largo del concierto. Justo antes del comienzo de la canción unas lonas cubrieron los muros de cabinas con imágenes de Dimebag Darrell, en cuyo recuerdo compuso el tema. Es un detalle bonito que fue aplaudido por el público.

Tras estos dos temas más tranquilos el concierto fue recuperando la velocidad de crucero, de forma gradual, con «The Blessed Hellride». Una vez hubieron retirado el piano del escenario se pudo ver a DeServio de nuevo con un bajo de cinco cuerdas rojas, Lorina salía con una acústica de doce cuerdas y Wylde llevaba una Norse White Buzzsaw Warhammer o’ Doom, como la bautizó en twitter el verano pasado. Mientras animaba a cantar el final de la canción se la desenganchó para presentarla al público sobre su cabeza. Es de agradecer que tampoco se entretuviese demasiado en este tipo de gestos, curiosos aunque preparados de antemano, y sólo tuviese estos pequeños guiños para llamar la atención de forma puntual. La sensación era que los temas iban cayendo uno tras otro, sin tregua, y hay que apreciar el saber hacer de un profesional del espectáculo a la hora de minimizar el tiempo de espera, con pequeñas distracciones y sin abusar de la paciencia del público.

En este caso el cambio fue para tocar «A Love Unreal», la última canción del concierto sacada de Grimmest Hits, precedida por su introducción pre-grabada. El tema es de los que más me gustan del disco y en directo suena aún mejor. El cambio que meten después del solo, aunque breve, es una inyección de adrenalina. DeServio volvió a utilizar su bajo de cuatro cuerdas verdes, Wylde tenía la Barbarian Skully Reaper y Lorina una guitarra que no puede apreciar en el momento. Rebuscando un poco, probablemente se tratase de la misma que sale en la de la foto que se ve en esta entrevista. Si es el caso, probablemente fuera una Lâg S1000 pero no estoy seguro.

Hay que decir que, aunque me haya dado por anotar las guitarras que fueron usando y parezca que eso es lo más relevante, lo más espectacular fue cómo tocaron. Tuvieron la suerte de que las personas responsables del sonido hicieron uno de los mejores trabajos que recuerdo en esa sala, al menos tal y como yo lo oí con tapones y desde donde estábamos. Yo diría, como profano, que el sonido del grupo no es de los más complicados con los que trabajar. Aunque fuera el caso, no quitaría ni un ápice de mérito a quien supo aprovecharlo y hacer una mezcla que sonaba potente sin saturar y sin perder claridad. Tanto la voz como los sólos despuntaban por encima de la base sin resultar estridentes, y las melodías marcadas por bajo y guitarras se podían distinguir sobre el sonido de la batería.

Pero un buen sonido, sin dejar de ser casi un prerrequisito, no implica una buena actuación. Eso depende exclusivamente del talento de los músicos. Afortunadamente para los que estábamos allí, los cuatro sobre el escenario tienen talento por los cuatro costados, empezando por el líder del grupo. Pocos artistas son capaces de marcarse un sólo interminable mientras se dan un paseo entre el público, haciendo parada primero en la pista y después acabar tocando sobre una de las barras de bar de la sala. Eso es lo que hizo Zakk Wylde durante varios minutos en medio de «Fire it Up», llevando consigo la Barbarian Grimmest Green Psyclone —la que se veía junto a la Skully Reaper en una de las fotos en twitter seañaladas antes— que puso sobre sus hombros en más de una ocasión para seguir tocando de espaldas y también se llevo a la boca para tocar con los dientes. Sólo hubiese faltado prenderle fuego para igualar en términos de espectacularidad a la actuación de Eric Sardinas en esa misma sala hace algo más de doce años. Era curioso echar la mirada de vez en cuando al escenario para ver a DeServio y Lorina, este de nuevo con la guitarra verde que no he podido identificar, repitiendo la base de la estrofa junto a Fabb para que Wylde pudiera hacer el loco con su sólo.

Tras esta demostración de potencia enfilaron el final del concierto con «Concrete Jungle», para la que Wylde volvió con la Warhammer Norse White Buzzsaw y creo que DeServio llevaba otra vez uno de sus bajos de cinco cuerdas. Reconozco que no tengo muy claros algunos de los detalles de este último tramo, aunque estoy casi seguro que Lorina estaba usando una Lâg Arkanator como la que promocionaba en este vídeo [02m03s]. A pesar de todo el cambio de instrumento sólo hubo un pequeño fallo en el sonido, probablemente por el cable que llegaba hasta la guitarra de Wylde, pero fue puntual y totalmente anecdótico.

Puede que hubiera pasado más de hora y media desde que empezaran su actuación pero ni ellos ni el público dejaron que se notase. «Stillborn» podría haber sido el primer tema del concierto, y no el último, por el entusiasmo con el que fue recibido. El grupo se ganó a pulso el aplauso que recibió al despedirse, mientras echaban púas a las primeras filas.

No sé cuándo volver Black Label Society por aquí pero espero tener la oportunidad de volver a verlos en directo.

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Entrada para el concierto de Metallica, con Kvelertak de teloneros, en Madrid, el 3 de febrero de 2018.

La predicción del tiempo avisaba que sería una tarde fresca y probablemente lluviosa. Sabíamos que la verificación del titular de las entradas más baratas (las numeradas en las gradas altas de la segunda planta) empezaría a partir de las 17:30, pero también estaba avisado que el acceso al recinto no empezaría hasta las 18:30. Con toda esta información, y viendo que la actuación de los teloneros no estaba programada antes de las 19:50, consideramos oportuno tomárnoslo con relativa calma y no llegar con adelanto para evitar una espera pasada por agua. Finalmente no llovió y también nos libramos de tener que hacer cola para entrar.

En la pista, el lado paralelo a la calle de Jorge Juan estaba cerrado por vallas y tenía decenas de cajas de equipamiento. El escenario estaba en el centro del recinto y tenía forma de cuadrilátero, con los vértices apuntando hacia a las gradas. Tanto en los vértices como hacia la mitad de cada arista se podían ver micrófonos, pedales y monitores. El equipo de los teloneros estaba desplegado alrededor de una plataforma circular, elevada a la altura aproximada de un escalón alto, sobre la que estaba instalada una batería cubierta.

Tengo que decir que, a pesar de la distancia, probablemente haya sido de los sitios más cómodos de los conciertos de esta clase a los que he ido. La altura era considerable pero la línea de visión al escenario estaba despejada. Lo mejor de todo fue poder estar sentados tranquilamente, viendo cómo se iba llenando el recinto, mientras esperábamos que empezase la actuación de los teloneros.

No recuerdo exactamente cómo entré en contacto con la música de Kvelertak. La primera vez que les vi en concierto fue como teloneros de Anthrax y Slayer a finales del 2015, pero ya por aquel entonces llevaba una temporada siguiéndoles. Buscando por aquí se ve que estaba atento a la salida de su segundo disco, a principios de 2013.

Sea como fuere, me alegro de conocer bastante bien sus canciones porque es la única forma que pude reconocerlas. Entiendo que con tres guitarristas, además de bajista, cantante y batería, es complicado equilibrar el sonido —más aún para que se oiga bien en un recinto como el WiZink Center. Sin embargo, la mezcla que llegaba hasta donde nosotros estábamos era muy pobre. La paupérrima calidad del sonido quedó revelada desde el primer tema, «Åpenbaring», que empieza con una guitarra repitiendo una frase y va incorporando el resto de instrumentos gradualmente. Cuando le tocó el turno al cantante, todavía ataviado con su capucha de estrigiforme, yo sólo distinguía cada parte porque lo estaba «oyendo» en mi cabeza.

Y es una lástima, porque los noruegos intentaron aprovechar al máximo la que sin duda es una oportunidad de darse a conocer a un público más amplio. Aunque llevan ya más de diez años actuando, y que temas como «Bruane Brenn» y, en menor medida, «Mjød» tuvieron bastante repercusión en ciertos ámbitos, sería ingenuo considerarlos un grupo popular. Lo más probable es que ellos mismos fueran conscientes que tendrían que ganarse a una parte no desdeñable del público, y yo creo que hicieron todo lo posible para animar su actuación.

Cierto es que la batería, que estaba orientada hacia el lado de la calle de Goya, no podía moverse pero el resto de componentes aprovecharon el escenario buscar al público por todos los lados. Aunque cada guitarrista tenía su pedalera en un lugar determinado, teniendo que volver a ella para efectuar cambios, estuvieron recorriendo el escenario en cuanto tenían oportunidad. El bajista se movió menos de su sitio, a la derecha de la batería, lo que no quiere decir que permaneciese inmóvil ni que fuese menos activo.

Respecto al setlist era de suponer que no habría sorpresas. El tiempo que tenían asignado no iba comprometer la actuación de los cabezas de cartel y unos buenos teloneros intentarán sacar el máximo partido de esos minutos, presentando lo que consideren su mejor material. Con tres discos en el mercado no tardaron en presentar los dos singles de su álbum más reciente, «1985» y «Berserkr». Quizás el sonido había mejorado marginalmente a esas alturas pero me da a mí que es más la impresión con la que me quedé que un hecho objetivo contrastable.

Lo que fue inmejorable, en mi opinión, fue el ánimo de todo el grupo. El cantante, deambulando continuamente de un lado al otro del escenario durante «Evig Vandrar», no dejó de dirigirse al público para animarlo a participar del concierto. Aunque se notaba que no se había llenado el recinto, había bastante gente y creo que la reacción fue buena. También ayudó a crear un buen ambiente el programa de luces que, sin ser espectacular, al menos acompañaba bien a los temas.

No bajaron la intensidad pasado lo que sería el meridiano de su actuación. Como me ha hecho gracia la chorrada de usar significados parecidos a los títulos de las canciones, se podría decir que se les notaba muy cómodos, sin verles pasar por momentos difíciles incluso en temas tan intensos como «Ulvetid». Habían salido sedientos de sangre y abordaron tema tras tema, siguiendo con «Blodtørst», con pequeños guiños al publico entremedias. Se nota que ya llevan tiempo con la gira y están acostumbrados al tamaño del escenario. Con cinco personas móviles, buscaron ocupar todos los frentes posibles y cruzarse de vez en cuando, llegando a hacer un pequeño corro de guitarras y bajo a un lado del escenario en un momento determinado.

Por desgracia, el sonido no mejoró. En otros conciertos me he quejado del volumen de la batería pero en esta ocasión el volumen de los instrumentos no era el problema, con la salvedad del vocalista, que se oía muy bajo en general. Sí pude entender su dedicatoria en inglés al grupo cabeza de cartel que les sacaba de gira, pero me hubiera gustado oír lo que su voz aporta a los temas. También es verdad que, dado su estilo de canto y que no tengo ni idea de noruego, no me habría enterado de mucho de lo que decía en «Månelyst».

La mayor pega fue la falta de definición en el sonido. Es cierto que las grabaciones de los noruegos también tienen una mezcla bastante «espesa», especialmente en lo que se refiere al sonido de las guitarras, pero no sacrifican la melodía. Podría entender perfectamente que, en el concierto, una persona que no los conociera previamente no pudiera tararear algún fragmento de cualquiera de sus canciones.

Como dije unos párrafos antes, es una lástima, porque temas como «Kvelertak», que es rock del bueno y con el que cerraron su concierto mientras el cantante ondeaba una bandera enorme, hubieran tenido un impacto mucho mayor de no haber sido estrangulados en la mezcla. Me hubiera gustado poder disfrutar más su música así que espero volver a verles en otra ocasión, especialmente si es en un sitio tan relativamente cómodo como el que ocupamos.

El tener un asiento en la grada nos permitió sentarnos tranquilamente mientras veíamos cómo iban despejando el escenario y escuchábamos el hilo musical. Hubo que esperar un poco más de la cuenta, aunque no se oyeron protestas durante la espera. Si acaso, la gente estuvo especialmente entretenida cantando cuando sonó «It’s a Long Way to the Top (If You Wanna Rock ‘n’ Roll)».

A Metallica los había visto por última vez en el mismo recinto, por aquel entonces todavía llamado Palacio de los Deportes, en julio de 2009. Al igual que en esa ocasión, hubo que esperar unos minutos más de lo programado.

Pasando de las 21:15 y con las luces apagadas empezó a sonar «The Ecstasy of Gold». Por encima del escenario, trazando el contorno del mismo y colgando a distintas alturas del techo sobre la pista, una serie de cubos mostraban imágenes de «El bueno, el feo y el malo». La gente de las gradas se puso en pié, al menos por delante de donde nosotros estábamos, y así permanecieron todo el espectáculo.

En la relativa oscuridad, la subida al escenario de los de L.A./San Francisco fue acompañada de vítores. Los cuatro músicos ocuparon sus puestos iniciales mientras sonaba en el hilo musical la introducción al primer tema de la noche, «Hardwired». En cuanto sonaron los instrumentos se encendieron los focos y empezó el concierto propiamente dicho.

Me sorprendió un poco el sonido. Ajustes iniciales aparte, tuve la sensación que faltaba volumen pero no sabría decir exactamente a qué. El nivel de los distintos componentes de la batería Ulrich (una Tama Lars Ulrich Worldwired Kit) estaba equilibrado y, en conjunto, tenían un volumen adecuado para no comerse a los otros instrumentos. Al bajo de Trujillo (lo que parecía un Warwick Robert Trujillo Signature #16-3335) le faltaba algo de presencia, aunque en parte me lo esperaba y quizás por eso no me molestó tanto como en el Electric Weekend de 2008. La guitarra de Hammett (una ESP KH-2 decorada con el diseño de «The Mummy») sonaba con bastante claridad y complementaba bien a la de Hetfield (una ESP Vulture), a quien se le podía oír cantar con una voz en buena forma.

Me imagino el trabajo del técnico de sonido, teniendo que conmutar el volumen de los micrófonos, ya que tanto Hammett como Trujillo usaban los que no estuviese usando Hetfield para acompañar donde fuera pertinente. Hablando de acompañar, el público coreó con bastantes ganas los temas del último trabajo de estudio, como «Atlas, Rise!». Aunque técnicamente es la gira promocional de «Hardwired… to Self-Destruct» y el LP tiene más de un año, me sorprendió positivamente el reconocimiento y entusiasmo de los asistentes por el abundante material del álbum durante el concierto.

Evidentemente, en algún momento tendrían que empezar el repaso a su catálogo, como dio a entender Hetfield antes de comenzar a tocar «Seek & Destroy» armado con una ESP Snakebyte blanca y que ahora se puede ver en un vídeo oficial en YouTube [07m43s]. En estos casos también hay que apreciar el ánimo del grupo. Trujillo, que realizó su conocido torbellino con el Warwick #16-3332 que estaba tocando, «sólo» está en el grupo desde hace quince años pero al menos dos de sus compañeros llevan más de treinta y cinco años tocando alguno de estos temas. Y Hammett, que se había cambiado a una KH-602 Purple Sparkle, lleva casi lo mismo. Teniendo en cuenta esto, entraría dentro de lo razonable asumir que quizás estén algo aburridos pero, si es el caso, no lo demostraron de ninguna manera. Más bien al contrario, lo que es una muestra de unos envidiables ánimo y/o profesionalidad.

La presentación también fue impecable. El escenario tenía un aspecto minimalista, ocultando lo que sin duda debió ser un montaje bastante complejo. Sobre las tablas, la carencia de decoraciones daba una visión clara de toda la acción y permitía a los responsables de la iluminación seguir con los focos a los músicos, además de usar distintas luces de ambiente según el momento. Por encima, los cubos se colocaban en distintas alturas, dibujando diversos patrones, y pasaron de mostrar fotos del grupo en sus inicios durante el tema anterior a iluminarse con unos patrones abstractos verdes y azules para «Leper Messiah». Sin ser de mis favoritas del álbum de 1986, me gustó bastante en directo.

La que sí está entre mis preferidas de ese disco, y que tocaron tras una brevísima pausa, es «Welcome Home (Sanitarium)». Con el escenario a oscuras Hetfield comienza a tocar en su Gibson Explorer diseñada por Ken Lawrence, mientras unos focos van revelando al resto del grupo y cuatro pantallas bajan en cada lado, mostrando imágenes de contornos de gente contra unos tejidos estirados. Curiosamente Hammet también llevaba una Gibson, que podría ser la Les Paul que perteneció a Peter Green y Gary Moore y muestran en este vídeo sobre la equipación de James y Kirk [19m08s]. Si no me equivoco, el bajo que usó Trujillo fue un Warwick #17-3440. No recuerdo haber visto este tema tocado en directo y me alegró que lo incluyesen en esta ocasión con una interpretación a la altura.

Tras volver a cambiar de instrumentos —Hetfield a una ESP Truckster similar a la que presentaron en el NAMM de 2005 pero negra, Hammett a una ESP White Zombie— cuatro cubos emergieron del suelo del escenario hasta una altura aproximada de una mesa de comedor, cada uno a mitad de camino entre la plataforma central y un vértice. Entretanto, Hetfield habló un poco sobre los años que hacían que no pasaban por España, antes de retomar el show con «Now That We’re Dead». Lo que no sabía es que a mitad de la canción iban a montarse entre ellos una especie de partida multi-jugador de 太鼓の達人: fueron repartiéndose por los cubos, primero Hetfield y Hammet en una diagonal, después Trujillo y por último Ulrich en la otra, para ponerse a hacer ritmos con unas baquetas sobre los parches instalados en la cara superior. Los laterales de estos tambores cúbicos mostraban mientras imágenes de composiciones fotográficas similares a las de la portada del disco, como las que habían estado puestas en los cubos colgantes durante la primera parte de la canción.

Está bien ese toque de espectáculo en las canciones más recientes. Siendo menos familiares que otras en el repertorio, el grupo consigue llamar la atención y hacerlas un poco más memorables. También sirvió para meter un cambio de tercio inesperado en un tema de siete minutos, animando y variando la actuación. Estuvo curioso ver a Hetfield utilizar una de las baquetas para dar unos toques en su guitarra.

Teniendo en cuenta que el siguiente tema fue «Confusion» creo que ese cambio de paso fue muy acertado. Para mi gusto, la mayoría de las canciones del último álbum se alargan un poco más de lo debido. En algunos momentos me quedo con la misma impresión que expresó Dani Filth hace un mes, en particular con las canciones del segundo disco. Eso no quiere decir que en directo resulten aburridas, para nada, pero creo que en el grupo son conscientes que en la variedad está el gusto y procuran realizar una mezcla equilibrada. Además, siempre se puede entretener uno intentando identificar y recordar los instrumentos. Para este tema Hetfiled usó una ESP Iron Cross, Hammett llevaba nuevamente la Purple Sparkle y Trujillo tenía un Warwick #15-2785, el decorado con los diseños de su mujer, que pude reconocer a pesar de la distancia por llevar una pegatina de The Helmets, el grupo de su hijo, como en este vídeo de su sólo de bajo en el Festival Lollapalooza de Chile 2017 [04m25s].

Evidentemente, en la mayor parte de los casos me he quedado con algún detalle distintivo para después poder buscar la referencia exacta. No estoy tan familiarizado con el equipo de los grupos como para saber, sin buscar en la web del fabricante, que el primer bajo de cuatro cuerdas que veríamos era un Warwick #14-2549 negro, que lleva una única perilla. Hetfiled presentó a Trujillo como el «chico nuevo» y este «novato» pidió la colaboración del público para acompañarle mientras él hacía una variante de su caminar a lo cangrejo, en lo que sería el principio de «For Whom the Bell Tolls». Al comenzar propiamente la canción Hammett tenía la guitarra de «The Mummy» mientras que el cantante llevaba lo que parecía una Gibson Explorer clásica con golpeador blanco. Los cubos sobre el escenario subían y bajaban, mostrando dibujos enrojecidos de calaveras.

Procuro no perderme el concierto por centrarme en determinados detalles pero las guitarras suelen llamarme la atención. Quizás otras personas se fijaran en la ropa que llevaban pero si tuviera que comentar sobre eso creo que sólo podría señalar los pantalones con franjas rojas de Hammett. Del resto recuerdo mejor sus instrumentos que su vestimenta. Por eso no pude evitar fijarme en la Snakebyte blanca que llevaba Hetfield cuando apareció iluminado en el escenario y comenzó a tocar los primeros compases de «Halo on Fire». De nuevo me sorprende el entusiasmo con las nuevas canciones: aunque Trujillo hace los coros mientras toca el bajo de la pegatina —y Hammett vuelve a usar la Les Paul— es el acompañamiento del público lo que más recuerdo de ese tema. Bueno, eso y que después de la canción Hetfield presentó a Trujillo (con su Warwick #14-2549) y a Hammett (con su ESP «The Mummy»), antes de abandonar el escenario como había hecho Ulrich, para que nuevamente el voluntarioso bajista se dirigiese al público en español —más o menos— y pidiese ser acompañados en una versión de «Vamos muy bien» de Obús [03m16s]. En el centro, unos tramoyistas cambiaban en la penumbra la orientación de la batería.

Como detalle estuvo gracioso, aunque me resultó mucho más interesante que tocase «(Anesthesia) Pulling Teeth» antes de que volviesen a salir sus compañeros para una versión que saben tocar mejor, «Die, Die My Darling», con Hetfield otra vez cantando y con una ESP Iron Cross. Me pareció un tributo a Cliff Burton, un gran fan de los Misfits, quien salió retratado en en alguna de las caricaturas, ilustraciones y dibujos de seguidores que el grupo había solicitado a finales de septiembre del año pasado y se estaban proyectando en los cubos colgantes.

Tengo que destacar lo que debió ser un trabajo importante de producción. El escenario aparentemente despejado ocultaba más de una sorpresa, como las seis lenguas de fuego que salieron en llamaradas acentuando distintos momentos de «Fuel», el único tema que tocaron de su etapa Load/Reload. Siempre da una cierta perspectiva recordar que lo que para algunos no es «auténtico» Metallica tiene ya al menos veinte años —es el caso de Reload— y, para otros, son clásicos. En mi caso, aunque aprecio diferencias entre temas de distintas épocas eso no me impide disfrutarlos.

Por eso, a pesar de mi favoritismo por los temas pre-álbum negro y que en ocasiones anteriores hubiera preferido menos canciones nuevas, me lo pasé bastante bien viendo la interpretación de «Moth Into Flame», especialmente cuando unos drones empezaron a salir del suelo y a volar sobre el escenario a modo de luciérnagas robóticas. Por lo que cuentan en una serie de entrevistas para So What! sobre la producción del espectáculo [37m40s], el germen de la idea fue de Hetfield y aplaudo a los que la realizaron porque resultó muy efectiva. De hecho, apenas me di cuenta que los cubos estaban recreando cartelería de neón y creo que no me hubiese fijado en las guitarras como en temas anteriores, de no ser porque antes de la canción Hetfield estuvo haciendo algo de tiempo y me di cuenta que cambiaba su guitarra por la Lawrence Explorer, mientras a Hammett le daban la ESP White Zombie y Trujillo volvía al Warwick #17-3440.

Mientras volvían a tapar las aperturas por las que habían entrado y salido los drones Hetfield volvió a dirigirse al público, pidiendo que levantasen la mano primero los que les veían por primera vez en directo y después los que ya habíamos estado en otros conciertos. Fue en ese momento cuando se fijó en un crío al que preguntó su edad y al que, tras revelar por señas que tenía siete años, invitó a subir al escenario. El chaval se colocó junto al cantante, con los otros tres integrantes del grupo de pie cerca de él, y se presentó como Atila, declarando Hetfield que ahí estaba la nueva generación de seguidores del heavy metal. Tras despedir al crío del escenario tocaron «Sad but True»: Trujillo con lo que yo pensaba que era un #13-2332 pero, buscando un poco, debió ser uno como el que se ve en esta foto del concierto en Varsovia en julio de 2014, Hammett con su Jackson Rhoads y Hetfield con una ESP Snakebyte con el cuerpo pintado con un patrón de camuflaje/piel de serpiente que maltrató al final de la canción, primero apoyándola sobre el clavijero mientras trasteaba de rodillas con las cuerdas y después echándola al suelo.

Con el escenario totalmente a oscuras, los cubos, que habían estado mostrando unas imágenes animadas en el tema anterior, cambiaron su contenido por extractos de Johnny cogió su fusil entre fogonazos de blanco. Los primeros acordes de «One» sonaron al tiempo que un foco iluminaba a Hetfield con su Lawrence Explorer. Igual pasó cuando Hammett comenzó su parte con la Purple Sparkle. Unos focos en el escenario iluminaron a Ulrich cuando le tocó entrar y, por último, se hizo la luz sobre Trujillo y su Warwick #17-3439 (el segundo cuatro-cuerdas de la noche). El tema rompió algunas expectativas que yo tenía: no incluyó efectos pirotécnicos y Ulrich estuvo bastante sólido, a mi parecer, a pesar del ritmo irregular en algunas partes. Igual que le he criticado en ocasiones anteriores no tengo ningún problema en reconocer el mérito de seguirle el ritmo a sus compañeros tras más de hora y media de concierto.

Lo que no dejará de asombrarme es que fueran capaces, a esas alturas, de no parar antes de atacar «Master of Puppets». Es cierto que es un tema que requiere un poco de calentamiento, al menos a mi parecer, especialmente de mano y brazo derechos de los guitarristas, aunque yo diría que tocar más de una docena de canciones previamente es pasarse de preparación. Me consta que están en otro nivel y se/les cuidan mejor que a la enorme mayoría, pero no dejan de ser personas que dejaron los cincuenta atrás hace ya unos años. Ya que estoy cantando alabanzas del grupo, menudo peazo de canción crearon hace más de tres décadas. Según la página web oficial la han interpretado en vivo 1563 veces, contando la de este sábado pasado. A ver si tengo oportunidad de volver a escucharla en directo en otra ocasión.

Después de esta ración de clásicos los cuatro se retiraron del escenario, que se quedó a oscuras. Tras unos instantes empezó a sonar por el hilo musical el comienzo de «Spit Out the Bone», la séptima y última canción que tocaron de las pertenecientes a su álbum más reciente. El tema empezó propiamente con unas llamaradas que se dispararon al tiempo que se encendieron los focos y se iluminaron los cubos colgantes, unos con dibujos y otros con la bandera de España y el logotipo de Metallica superpuesto. En temas como este, que tienen pequeñas frases destacadas de bajo, es donde mejor se pudo oír el Warwick #16-3332 de Trujillo, aunque seguía habiendo algo en el volumen general que no me encajaba. Tampoco es que fuera un mal sonido general, la Electra Flying V que llevaba Hetfield se distinguía bastante bien de la ESP «The Mummy» de Hammett, y no quiero ni imaginar lo que tuvieron que trabajar los técnicos de sonido para conseguir que cada parte sonase adecuadamente.

El tema terminó con una nueva deflagración alrededor de la batería tras la que los focos se apagaron, quedando únicamente Hammett iluminado y llevando de nuevo la Les Paul colgada. Tras unos acordes sencillos y mientras todavía camina por el escenario, empieza a tocar «Nothing Else Matters». El público aplaude pero lo hace aún más cuando el guitarrista para de tocar y dice, sonriendo, que lo va a volver a intentar. Durante este falso arranque Trujillo había vuelto a su #16-3335 y Hetfield llevaba la Lawrence Explorer. La canción fue acompañada de principio a fin por el público, que sabía que el concierto estaba próximo a acabar. Como detalle, mientras sonaban los últimos compases tocados por Hammett a la guitarra, Hetfield mostraba a una cámara una púa de las que estaba usando esa noche, para que se viese la serigrafía de la bandera con la palabra «Madrid».

La última canción de la noche fue «Enter Sandman», coreada como si hubiera sido la primera y no fueran las 23:30 de la noche. Si es cierto que los músicos se nutren de la reacción del público, Metallica debió terminar con un buen subidón. Sea o no el caso, el grupo procuró cerrar el concierto con broche de oro, no dejando que bajase el nivel que habían mostrado a lo largo de más de dos horas. Tras un pequeño injerto de «The Frayed Ends of Sanity» y un petardazo que levantó una columna de humo alrededor de la batería, los músicos remataron el tema y se despidieron del público, echando baquetas y puñados de púas durante varios minutos a la gente que estaba en la pista.

A estas alturas de su historia, Metallica tiene muy controlado lo que quieren ofrecer en sus conciertos y cómo los quieren presentar. Si tengo la oportunidad, probablemente repetiré.

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Porque me falta tiempo, talento y un mínimo de coordinación ojo-mano, que si no me apuntaba a esto de hacer crónicas de conciertos dibujadas como las que hace Matt Bryan:

Puede que el resultado no sea demasiado elaborado pero desde luego es original.

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Segundo concierto en menos de un mes. Lo que ya de por sí es una imprudencia, dado mi estado de decrepitud, se podría considerar casi una locura teniendo en cuenta que el local elegido para la actuación era la sala Penélope. Con todo, habiendo estado en el grupo de privilegiados que pudieron disfrutar sin demasiadas incomodidades del concierto de Kreator y compañía, decidimos arriesgarnos otra vez. Además, el cartel prometía, con la pequeña decepción de saber que no vería a Sylosis en directo.

Así pues decidimos ir con algo de tiempo para intentar asegurar, en la medida de lo posible, un sitio decente en la sala. A la postre sería casi lo mejor que podríamos haber hecho, ya que la entrada se complicó con la actuación sorpresa de la Policía Municipal y la retirada de los vehículos de los grupos estacionados a la entrada del local.

Habiendo entrado relativamente pronto nos situamos delante de una de las columnas que hay enfrente del escenario para evitar tener a nadie detrás de nosotros y taparles la vista. A una distancia tan corta del escenario nos aseguramos que teníamos los tapones a mano y estuvimos esperando tranquilamente.

Y salieron a la palestra Dunderbeist luciendo un estilismo de corte clásico a excepción de la pintura facial. Con dos vocalistas, dos guitarras, bajo y batería el escenario se quedaba algo escaso, teniendo en cuenta el espacio ocupado por el equipo de los otros grupos. Los noruegos, para mí desconocidos, reemplazaba a los teloneros originales de la gira. Se les veía con ganas de aprovechar la oportunidad de darse a conocer un poco más, a pesar de no contar con toda la atención de la gente que estaba en la sala.

No creo que el sonido ayudase mucho. Ya fuese por el sitio que ocupábamos o por la dificultad de equilibrar las dos voces de los cantantes con las de los coros y todos los instrumentos, la mezcla parecía poco compensada y algo indefinida. Puede ser también que la apuesta de este grupo no encajase demasiado con el resto del cartel, con un estilo cruzando entre rock duro, (me atrevo a decir) grunge y el metal más melódico.

No me disgustaron aunque no me pude quitar la sensación que ya lo había oído todo antes y, al concluir la media hora que estuvieron tocando, me di cuenta que no había sido capaz de reconocer algo distintivo en sus canciones. Pero para eso se hicieron los menús en los restaurantes: no a todo el mundo le gusta lo mismo, y sí que hubo gente que parecía bastante animada por su actuación.

La actuación de Devin Townsend empezó media hora antes de que apareciesen los músicos en el escenario. Las pantallas del local mostraban unos vídeos con dibujos animados, Ziltoid y desvaríos audiovisuales varios. ¡Hasta salió badgerbadgerbadger! Es una buena ocurrencia para ocupar el tiempo de espera entre grupos, sobre todo si quieres distraerte un rato, y resulta más ameno que estar oyendo un hilo musical genérico. Además, da a entender la preocupación por ofrecer al público algo más allá de lo esperado y, en este caso concreto, parece que el artista disfruta con lo que hace. Tampoco le hubiese hecho ascos a ver un vídeo más extenso, como lo que hizo Down en su concierto en Madrid hace unos años.

Así que, tras reírnos y estar comentando un rato, estábamos más que listos para el concierto del canadiense de marras. Claro que clasificarlo como un concierto es, como poco, insuficiente. A pesar de las limitaciones de la sala lo que presenciamos fue un espectáculo protagonizado por un músico excepcional, con unos acompañantes no menos talentosos. Evidentemente, no podían montar algo como lo que hace Rammstein en sus conciertos pero lo que logísticamente les podía faltar lo suplieron con una entrega insuperable.

Devin en concierto es un tipo divertido, de sonrisa perenne y dispuesto a hacer disfrutar. La única pega es que con el arsenal de temazos que cuenta en su discografía la selección para el concierto debía dejar, necesariamente, más de un clásico fuera. Yo también hubiera dicho que se encontraría con trabas para trasladar al directo sus producciones pero desde que empezó a sonar “Supercrush!” disipé esa idea. Habría supuesto que, en vivo, la densidad de sus composiciones no habría dejado demasiado hueco para detalles más finos, o que se pudiesen echar en falta las voces de acompañamiento. Sin embargo, todos los temas sonaron muy naturales, con volumen pero sin saturar.

Dentro de lo que cabe, el sonido donde estábamos en la sala no era malo y permitía apreciar que aparte de ser un guitarrista muy interesante —y yo diría que infravalorado— también es un buen cantante. “Kingdom”, con su entonación cuasi-operística, fue un claro ejemplo de lo que este hombre puede hacer con su voz. Quizás en algún momento hubiese echado en falta un poco más de separación sonora entre su guitarra y la de Dave Young, y el bajo de Brian Waddell se podría haber beneficiado de un volumen más comedido en la batería de Ryan Van Poederooyen, especialmente en temas puramente ambientales como “Truth”, pero son quejas menores considerando las limitaciones del local.

Además, cualquier pega que pudiera haber sería compensada por un Townsend comunicativo, simpático, algo gamberro y que parecía estar pasándoselo muy bien sobre el escenario. En mi caso eso, el hecho de al menos aparentar que se está pasando un buen rato, probablemente sea de lo que más contribuya a formarme una opinión positiva en un concierto. Quizás cuando más lo he apreciado ha sido las veces que he visto a Paul Gilbert en directo y lo llegué a señalar en los apuntes de la última vez que vi a Annihilator en concierto.

También admiré la variopinta colección de guitarras que utilizaron a lo largo de la actuación. No las conté pero diría que solo Devin usó más de cinco. Lo que para los aficionados a estos instrumentos es un punto de interés más seguramente sea una complicación adicional para los que tienen que lidiar con el sonido. Volviendo a incidir sobre un punto anterior, se parte de la base de la complejidad del sonido de las canciones, producidas por el propio Townsend, sobre la que se añaden todos estos elementos. Temas como “Planet of the Apes” incluyen acompañamientos de múltiples voces igual que en “Where We Belong”, en la que los coros no son tan marcados pero el sonido tiene una amplitud ambiental considerable.

Dicho todo este circunloquio repito que el sonido fue bueno, dadas las circunstancias, donde nosotros estábamos. Otra de las ventajas de nuestra ubicación fue poder ver muy bien casi todo lo que pasaba sobre el escenario. En el centro, sobre una pequeña plataforma, el artista canadiense, flanqueado por Waddell a su derecha y Young a su izquierda. Incluso podíamos ver bastante bien a Van Poederooyen detrás de su batería.

Las luces dejaron ver bien el escenario, mientras que las pantallas que habían servido de entretenimiento antes de la actuación se convirtieron en complementos de la misma, con vídeos más o menos psicodélicos. Claro que para complementos estuvo el sujetador que alguna (¿o algún?) asistente arrojó sobre el escenario y que el cantante, músico y productor no dudó en colocarse en la cabeza para interpretar “War” de dicha guisa. ¿Así quién se iba a fijar en las pantallas? Eso no quita que tuviera su gracia ver que durante “Vampira” estaban enseñando el vídeo promocional del tema.

De todas maneras el protagonista innegable fue Devin, tanto por talento como por actitud. No dudó en animar al público en hacer unas jazz hands para acompañar el estribillo de “Lucky Animals”. Y los acompañantes le siguieron el ritmo en todo momento, incluso cuando eso requería retomar un paso más contundente con un tema como “Juular”.

El espectáculo fue llevado a un final épico con “Grace” y relativamente tranquilo con “Deep Peace”, dejando un inmejorable sabor de boca. La guinda del pastel fue poder capturar una de las púas de Waddell, con una caricatura del músico en forma de Beavis.

Y después del recital de diversión anterior no sabía exactamente cómo reaccionaría con Fear Factory. Reconozco que no guardo el mejor recuerdo de su concierto en julio de 2004 en la sala Aqualung y desde entonces no los había visto en directo. Anecdóticamente, los teloneros en aquella ocasión fueron Chimaria, cuyo guitarrista por aquel entonces, Matt DeVries, es el bajista de la encarnación actual de la Factoría de Miedo. La otra diferencia entre la formación de hoy y la de entonces es la presencia tras la batería de Mike Heller. Bueno, y los años, claro, que no pasan en balde.

Así pues, cuando salieron al escenario nos encontramos a Dino Cazares y Burton C. Bell como únicos integrantes originales de la banda. Ellos son, además, los únicos sobre las tablas que participaron en la creación del último disco del grupo, “The Industrialist”, cuyo tema homónimo abrió el repertorio. A pesar de que la gira viene promovida por este trabajo no se entretuvieron mucho en él, ya que de ahí saltaron a “Shock”, primer single de “Obsolete”.

En el concierto de 2004 recuerdo haber salido decepcionado, entre otras cosas, por no haber podido ver apenas al grupo a causa de la mala iluminación durante la actuación. En esta ocasión el programa de luces fue más acertado y permitió distinguir a los músicos. Como acompañamiento visual fueron mostrando imágenes relacionadas con cada tema sobre pantallas. Pudimos disfrutar de todo esto en parte también por estar en un buen sitio, así que no sé cómo se viviría en otras partes del local. Sí me quedó la sensación que la gente lo estaba disfrutando bastante y que temas como “Edgecrusher” y “Smasher/Devourer” fueron todo un éxito.

Pasaron de discos ya considerados clásicos a canciones más recientes, como “Powershifter”, tras la que Cazares se dirigió al público en su español mexicano. El guitarrista parecía bastante alegre, bromeando incluso cuando la gente coreó su nombre y el lo corrigió, sugiriendo que coreasen gordo, gordo. Y cuando se rompió un plato de la batería en “Acres of Skin” lo cogió para ponérselo a modo de sombrero asiático y empezar a preguntar ¿quién quiere arroz?

El repertorio fue un acierto, y me alegra que también tocaran “Linchpin” del “Digimortal”. Volvieron a remontarse con “Resurrection”, donde vi a Burton C. Bell algo forzado, para pasar a tocar el otro tema de su último disco que sonaría en la tarde, “Recharger”. Esta mezcla de temas de distintas épocas durante la primera mitad del concierto hizo que resultase más interesante y que siempre hubiese algo para distintas personas.

Los únicos discos de los que no tocaron nada fueron los de la etapa con el grupo sin Dino, aunque yo no le hubiese hecho ascos. No sé si eso es señal de un control mayor por alguna parte, ni cómo será la dinámica de este grupo en otros ámbitos, pero sobre el escenario no funcionan mal. Heller lo pasó algo mal por problemas con su batería y DeVries tuvo una actuación correcta. Como digo, Bell tuvo dificultades puntuales para entonar en limpio, pero no se le puede reprochar nada en su actitud.

El último tercio de la actuación vino presentado por el propio Burton como material que había cumplido ya veinte años, dando el salto más grande de la noche en términos de discos para tocar “Martyr” y “Scapegoat”.

Claro que para mí el punto álgido de la actuación fue cuando Bell señaló que todavía habían tocado nada de un disco para lanzarse a por “Demanufacture”. Reconozco que es una preferencia personal pero me pareció todo un acierto soltar este tema y después las siguientes pistas del disco. “Self Bias Resistor” seguida de “Zero Signal” no pudieron tener mejor acogida, y cuando Burton soltó un we are Fear Factory y empezaron a tocar “Replica” el público respondió con ganas.

Y así llegamos al final del concierto. Creo que debo reconocer el mérito de Fear Factory quienes, para mi gusto, dejaron una muy buena impresión, lo que es más meritorio después del gran recital de Devin Townsend. Todavía recuerdo el agotamiento en el concierto de Sepultura e In Flames durante el concierto de los segundos tras la apisonadora que fueron los primeros. Lo que sí tuvo en común es que en esta ocasión también conseguí una púa.

Si Fear Factory volviesen tan bien acompañados volvería a verlos. A Devin Townsend voy de cabeza en cuanto pase cerca.

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Mientras esperábamos a la entrada de la sala Penélope oí todo tipo de razones por el cambio de local para el concierto. Estaban los que decían que era una chapuza del promotor. Otros decían que la sala original, Revirock, había sido cerrada por no cumplir los requisitos de seguridad para este tipo de eventos. También los había que aseguraban vehementemente que todo era un intento del Ayuntamiento por acabar con las salas de conciertos.

Las causas no las conozco pero los efectos los puedo ir adelantando. Llegará un momento en el que los grupos, que cada vez dependen más de los conciertos, buscarán los destinos más convenientes. Parece que en Madrid —y, por lo que oigo, en el resto de España— nos creemos los reyes del mambo cuando en realidad somos un destino incómodo, tanto por motivos geográficos como (cada vez más) por motivos logísticos y administrativos. Y mejor paro, que tampoco se trata de seguir amargándose.

Volviendo a la entrada, habíamos llegado con tiempo y no sufrimos una demora excesiva a la hora de acceder al local. Mi preocupación era que, viendo el espacio disponible, el espacio no fuese suficiente para permitir estar moderadamente cómodos. Buscando por Internet he visto que el aforo de la sala es de unas 1100-1300 personas. No se me da muy bien calcular a ojo pero a mí me parece que ahí no cabía tanta gente. Con todo, al haber llegado pronto, fuimos de los afortunados que pudimos encontrar un sitio decente, con una cierta visibilidad y sin molestar a gente detrás.

Fueled by Fire, el primero de los cuatro grupos de la tarde-noche, eran unos desconocidos para mí. Con un cartel abultado me pareció comprensible que dispusieran de media hora escasa. Con todo, supieron sacarle provecho. También creo que se beneficiaron de un nivel de volumen comedido, que hizo que después haya sido capaz de reconocer las canciones que tocaron, empezando por “Rising From Beneath” y “Within the Abyss”.

Cada vez estoy más convencido que si no se apreciasen los decibelios como a un burro (“… grande, ande o no ande”) los conciertos serían mucho mejores. Prefiero ser capaz de identificar los toques thrash de segunda ola a lo Vio-lence en temas como “Unidentified Remains” o “Dreams of Terror” que sólo poder notar como las ondas sonoras chocan contra mi caja torácica. Los habrá que confundan volumen con intensidad pero yo seguiré defendiendo que para disfrutar “Thrash Is Back” o “Eye Of The Demon”, con las que cerraron su actuación, el grupo no necesitó que a los asistentes les reventasen los tímpanos por la presión sonora.

Tenía bastantes ganas de ver a Nile pero con cierto miedo por la acústica en este concierto. El sonido de este grupo es tan denso como sus composiciones, sin sacrificar nitidez y precisión. Se ve que Neil Kernon les tiene tomada la medida y sabe cómo producir el sonido que caracteriza a Nile. Nunca he pensado que fuese fácil traducir esto a un escenario y me quito el sombrero ante los técnicos que tienen que manejar estas actuaciones.

Abrieron su concierto con “Sacrifice Unto Sebek” y se disiparon parte de esos temores, aunque no por completo. El asombroso trabajo de George Kollias a la batería se veía reflejado en la mezcla con un nivel que a ratos fagocitaba las frecuencias más bajas de los otros instrumentos. A veces era complicado apreciar la actuación de Todd Ellis al bajo, penalizado también por el sonido de las guitarras de Dallas Toler-Wade y Karl Sanders.

También es cierto que durante el concierto, que siguió con “Defiling the Gates of Ishtar” y “Kafir!”, el grupo fue de menos a más. No porque empezaran en un mal nivel —con la actuación que firmaron creo que lo harían bien a ciegas— pero quizás no habían entrado en calor. En este caso creo que les habría venido bien tener algo más de tiempo para tocar. Sólo encajaron un tema de su último disco, “Permitting the Noble Dead to Descend to the Underworld”, después de “Hittite Dung Incantation” e “Ithyphallic”.

Llegados a este punto del concierto el oído ya se había acostumbrado a extrapolar los temas entre el sonido más o menos pulido, dentro de las posibilidades de la sala, y el público estaba más animado. Sin embargo, tendrían que cerrar su actuación con sólo dos temas más “Sarcophagus” y “Black Seeds of Vengeance”.

También es cierto que, al no ser las condiciones óptimas, es posible que una selección más extensa de temas podría haber causado un poco de desgaste, tanto en los músicos como en el público. De la manera que lo hicieron a mí me dejaron bastante contento y queriendo volver a verles. Supongo que ese es un efecto deseado.

Al rato de haber preparado el escenario se pusieron ante los focos la versión actual de Morbid Angel. Como a tantos otros, a este grupo casi le debía asistir a un concierto suyo. Covenant en especial y Domination en menor medida son discos que durante una temporada tenía casi continuamente en los cascos. Como por una razón o por otra —léase, vaguería— no los había visto nunca en directo ya iba siendo hora de ponerle remedio.

En esta ocasión estaban de gira dos de los componentes que más tiempo han estado en el grupo. A la guitarra el padre de la criatura, Trey Azagthoth, acompañado al bajo y frente al micrófono por Dave Vincent. Teniendo en cuenta que estos fueron los principales artífices de los dos discos que he citado anteriormente no me podía quejar, aunque me hubiese gustado ver a Pete Sandoval tras la batería. Desconozco si su situación se arreglará en algún momento pero de momento su posición está bien cubierta por Tim Yeung, al que sería injusto calificar sólo como un suplente de lujo. Por último, estaba Destructhor como segunda guitarra, puesto que lleva ocupando ya una temporada.

Morbid Angel lleva casi 30 años militando en la escuela del death metal con denominación de origen Florida. Es un sonido desarrollado a lo largo de bastante tiempo y, de nuevo, me preocupaba cómo se traduciría al directo en la sala. Siempre está la posibilidad de que todo sea amplificado a un volumen excesivo y con el uso preceptivo de tapones lo que uno oye puede sufrir una merma no sólo de volumen.

“Immortal Rites” probablemente podría haber sonado mejor y lo mismo se puede decir de “Fall from Grace”, resitiéndose la mezcla en las partes en las que el doble bombo sobraba relevancia. Con todo, llegados a “Rapture” mi cerebro ya estaba filtrando el ruido y en mi cabeza se escuchaban los temas que tanto había oído años antes. Gran parte del mérito de hacer el concierto algo reseñable radica en el grupo. Aunque la sensación es que cada uno de los integrantes está en su propio mundo (especialmente Azagthoth) el conjunto funciona como una unidad bastante consistente. Temas que se podrían considerar clásicos como “Maze of Torment” fueron interpretados con los niveles individual y colectivo que requieren.

Incluso “Existo Vulgoré” y “Nevermore”, dos temas de su criticado último disco que incluyeron en el repertorio, fueron ejecutados y recibidos con cierto entusiasmo. Claro que no se pueden comparar con “Chapel of Ghouls” o la muy reconocible “Where the Slime Live”, adornada por un sólo de guitarra de Trey. Por cierto, ahora que menciono una guitarra, no se libraron de ciertos problemas técnicos con la de Destructhor.

“Bil Ur-Sag” es el único tema de la etapa sin Dave Vincent que incluyeron. Es comprensible que, teniendo que elegir los temas que tocar en directo, unos sean descartados en favor de otros pero me pregunto si habría algún criterio previo respecto a qué discos considerarían o la exclusión de algunos fue una consecuencia de la selección necesariamente limitada. Quizás haya que verles en un concierto más largo para ver qué temas tocan.

Cerraron su actuación con “God of Emptiness” seguido de “World of Shit (The Promised Land)”, habiendo satisfecho mi curiosidad por verles en directo. Consideraría volver a verles si retornasen como cabeza de cartel pero si tuviese ciertas garantías respecto al sonido.

Cuando llegó el turno de Kreator la sala estaba a reventar. Yo no puedo quejarme, porque donde nos habíamos situado no estábamos demasiado incómodos, pero era evidente que la gente tenía dificultades para ver el concierto. Puede que la altura del escenario —y consecuentemente de la sala—no fuese suficiente o que el espacio no tuviese una distribución óptima, con dos columnas que impedían ver el escenario desde determinados sitios. Tampoco ayuda que este tipo de conciertos no suelan prestarse a que los espectadores estén tranquilos en un sitio.

Así que cuando empezó el espectáculo y el producto de la máquina de humo engulló al grupo en una niebla teñida de rojo por las luces de los focos hubo gente que no podría no ver lo que pasaba en el escenario mientras sonaba “Mars Mantra” de fondo como preludio al primer tema de la noche, “Phantom Antichrist”. Estas cosas pasan y hacen de buenas anécdotas si se quedan en lo puntual. Además, algo tan nimio (en su sentido más contradictorio, etimológicamente hablando) no iba a detener a la máquina del directo que es Kreator. Y los califico como tales, a pesar de haberles visto sólo tres veces en directo y no poder decir que sea un experto en conciertos. Con todo, sí veo en este grupo un buen ejemplo de equipo que sabe cuáles son sus fortalezas y las explota al máximo, hasta el punto de que temas menos familiares —como el anterior o “From Flood into Fire” con la que continuaron, ambos de su último disco— suenan como clásicos en su repertorio.

Eso no quiere decir que el sonido fuese mejor. Las guitarras en particular empezaron con un sonido algo apagado. Tampoco quiere decir que todo el mundo lo apreciase igual. De hecho, el público reaccionó con bastante más entusiasmo a “Enemy of God”. Claro que contando con el empuje de un frontman de la talla de Mille Petrozza es casi una cuestión de tiempo que la gente se muestre más animada. Y también ayuda poder incluir temazos como “Phobia” que, en manos de estos músicos, parece estar hecho para el directo.

No hay que hacer de menos al resto de integrantes del grupo. Por ejemplo, cualquiera diría que Jürgen Reil, alias Ventor, ha pasado ya los 45 años. Mantiene un ataque preciso e incesante a su batería, marcando un ritmo sin concesiones y consistente pero con un fluir muy orgánico. Detrás de todo ese gran sonido en vivo está la base que Ventor ejecuta de una manera envidiable. Es una pena que en algunos momentos el volumen no estuviese equilibrado con el resto de instrumentos, algo que se hizo notable en temas con contrastes de ritmo, como “Hordes of Chaos (A Necrologue for the Elite)”.

Volvieron a pasar por su último disco con “Civilization Collapse” antes de ir a una canción que mí me gusta bastante, “Voices of the Dead”. Aparte de tener algunos pasajes más melódicos, con un estilo menos agresivo en las voces, también luce un poco más el trabajo de Sami Yli-Sirniö. Al lado de Petrozza su actuación es necesariamente más discreta, aunque quizás sea sólo una impresión mía. En cualquier caso me cuesta imaginar a otra persona mejor para el puesto que ocupa.

Creo que es una de las ventajas de tener una formación relativamente estable. Por ejemplo, Christian “Speesy” Giesler lleva tocando el bajo en el grupo casi 18 años y, aunque el sonido no era el mejor para apreciarlo, se nota para bien. Temas que han estado en el repertorio de Kreator probablemente desde que los compusieron, como “Extreme Aggression” y “People of the Lie”, los domina con facilidad.

Aunque tampoco puedo decir que sufriesen interpretando temas nuevos. Puede que sea una ayuda que, después de experimentar con otros sonidos, sus trabajos de la última década larga estén más en línea con los del principio de su carrera, con el beneficio añadido de años de experiencia de composición e interpretación. Y puede que por eso “Death to the World”, el penúltimo tema que tocaron de Phantom Antichrist, encajase de forma muy natural en su repertorio por delante de “Endless Pain” a pesar de las claras diferencias de estilo entre ambos.

El concierto terminó con “Pleasure to Kill”. Hasta que volvieron a salir al escenario, por supuesto. Como todo el mundo sabe cómo organizan los conciertos tampoco es que se formase mucho revuelo para animar a los músicos a volver a colocarse sobre las tablas. Mi sensación era que el concierto quizás se me iba a hacer algo corto y que tenía fuerzas para otro tanto todavía. Claro que uno ya es más bien viejo y, a la postre, acabé tan satisfecho como quería.

Los encores fueron la traca final que el concierto se merecía. Sonó “The Patriarch” para dar paso a “Violent Revolution”, que fue recibido por el público como si el concierto acabara de empezar. Lo curioso es que repitieron la estructura de canción con introducción instrumental con “United in Hate”. Si me lo hubiesen dicho antes del concierto probablemente me habría extrañado pero después de ver a Sami tocando la parte acústica y con las ganas que abordaron el resto del tema entendí perfectamente su elección. Y como querían terminar a lo grande encadenaron “Flag of Hate” y “Tormentor” para cerrar un repertorio redondo.

No creo que me haga falta ninguna excusa para volver a ver a estos grupos en directo pero sí procuraré ser menos perro y asistir a sus conciertos cuando tenga la oportunidad.